Secuelas de un día de sol de primavera (XXV)
– Bonita escalera para romperse la crisma, ¿eh, Cocero?
El profesor, que bajaba pausadamente el largo tramo final de la escalera que comunicaba el vestíbulo del instituto con las plantas superiores, se pegó instintivamente a la barandilla y se detuvo. Sabía perfectamente quién era el autor de aquella observación insidiosa y estaba dispuesto a enfrentarse a una hipotética agresión. No había testigos. Las clases se habían reiniciado cinco minutos antes, tras una breve pausa, y Couceiro acostumbraba a aprovechar la hora libre que le quedaba los miércoles entre su segunda clase y la última de la mañana para tomar un tentempié y leer el periódico, que nunca compraba, en un cafetería cercana.
Ni siquiera el conserje de la entrada tenía un ángulo de visión sobre aquel punto de la escalera. A Cabo le habría bastado empujarle con fuerza y volver escaleras arriba. Incluso para el agredido sería imposible identificarle, en el caso de que sobreviviera.
– Baje con cuidado, viejo, le dijo Cabo al pasar a su lado y continuar su descenso a paso rápido.
A Couceiro, que se había quedado lívido, le pareció incluso escuchar un perverso jijijí cuando el miserable se alejaba escalera abajo. Contrariamente a su costumbre de llevar zapatos y hacer sonar casi marcialmente sus tacones, Cabo calzaba unas silenciosas zapatillas deportivas. En el escalón veinte de los veinticuatro que tenía aquel tramo, el profesor fue tremulamente consciente de que el atentado que llegó a temer habría quedado impune. Supo que Cabo conocía sus horarios y costumbres y que había acechado su salida y sintió auténtico miedo.
– ¿Pero tu crees realmente que le habría empujado? Sofía parecía haber tomado finalmente interés en el relato pormenorizado que Javier estaba haciendo.
– No lo sé. Ni yo ni nadie lo sabe. Quizás lo iba a hacer pero finalmente se acobardó y optó por la intimidación. Lo cierto es que para entonces ya teníamos constancia de que Cabo era un tipo violento. Saber cuando alguien puede pasar de intimidar a atacar es imposible, pero si lleva una navaja es que no descarta hacerlo.
– ¿La viste tú?
– Sí, la vi, pero antes de verla ya conocía su existencia.
Javier volvió a sumergirse en sus evocaciones, no sin antes apuntar una observación conciliadora a su compañera, consciente de la impaciencia de ésta por encontrar un sitio donde comer y de que estaba harta de aquel feo polígono industrial en cuyas calles inhóspitas se estaban perdiendo.
- No sé si no ha sido un error que nos quedemos por aquí.
– ¿Tú sabes cómo volver al coche?, preguntó Sofía.
– Creo que sí. No estamos demasiado lejos.
- Entonces sólo es cuestión de no alejarse demasiado, concluyó ella con una leve sonrisa.

