Desolaciones

Esto pretende ser una serie de relatos que se irán publicando por fragmentos con tanta frecuencia como sea posible. El lector queda expresamente invitado a utilizar los comentarios para avanzar el desarrollo de la historia a partir de su primera entrega o cuando lo juzgue oportuno, lo cual no alterará mis previsiones, pero puede resultar un experimento interesante.

Name:José Ramón San Juan
Location:Spain


25.8.08

Secuelas de un día de sol de primavera (XXV)


– Bonita escalera para romperse la crisma, ¿eh, Cocero?

El profesor, que bajaba pausadamente el largo tramo final de la escalera que comunicaba el vestíbulo del instituto con las plantas superiores, se pegó instintivamente a la barandilla y se detuvo. Sabía perfectamente quién era el autor de aquella observación insidiosa y estaba dispuesto a enfrentarse a una hipotética agresión. No había testigos. Las clases se habían reiniciado cinco minutos antes, tras una breve pausa, y Couceiro acostumbraba a aprovechar la hora libre que le quedaba los miércoles entre su segunda clase y la última de la mañana para tomar un tentempié y leer el periódico, que nunca compraba, en un cafetería cercana.

Ni siquiera el conserje de la entrada tenía un ángulo de visión sobre aquel punto de la escalera. A Cabo le habría bastado empujarle con fuerza y volver escaleras arriba. Incluso para el agredido sería imposible identificarle, en el caso de que sobreviviera.

– Baje con cuidado, viejo, le dijo Cabo al pasar a su lado y continuar su descenso a paso rápido.

A Couceiro, que se había quedado lívido, le pareció incluso escuchar un perverso jijijí cuando el miserable se alejaba escalera abajo. Contrariamente a su costumbre de llevar zapatos y hacer sonar casi marcialmente sus tacones, Cabo calzaba unas silenciosas zapatillas deportivas. En el escalón veinte de los veinticuatro que tenía aquel tramo, el profesor fue tremulamente consciente de que el atentado que llegó a temer habría quedado impune. Supo que Cabo conocía sus horarios y costumbres y que había acechado su salida y sintió auténtico miedo.

– ¿Pero tu crees realmente que le habría empujado? Sofía parecía haber tomado finalmente interés en el relato pormenorizado que Javier estaba haciendo.

– No lo sé. Ni yo ni nadie lo sabe. Quizás lo iba a hacer pero finalmente se acobardó y optó por la intimidación. Lo cierto es que para entonces ya teníamos constancia de que Cabo era un tipo violento. Saber cuando alguien puede pasar de intimidar a atacar es imposible, pero si lleva una navaja es que no descarta hacerlo.

– ¿La viste tú?

– Sí, la vi, pero antes de verla ya conocía su existencia.

Javier volvió a sumergirse en sus evocaciones, no sin antes apuntar una observación conciliadora a su compañera, consciente de la impaciencia de ésta por encontrar un sitio donde comer y de que estaba harta de aquel feo polígono industrial en cuyas calles inhóspitas se estaban perdiendo.

- No sé si no ha sido un error que nos quedemos por aquí.

– ¿Tú sabes cómo volver al coche?, preguntó Sofía.

– Creo que sí. No estamos demasiado lejos.

- Entonces sólo es cuestión de no alejarse demasiado, concluyó ella con una leve sonrisa.

6.8.08

Secuelas de un día de sol de primavera (XXIV)

Refugiado a la sombre al otro lado de la calle, frente a la fachada del periódico, Javier esperó la salida de Sofía fumando, melancólico e impaciente. Ésta, dentro, libraba su particular batalla con el vigilante, determinado a no volver a permitir la entrada a Javier. Aseguraba el corpulento personaje que no había asistido en toda su carrera a una escena similar, que Javier le había parecido muy violento y de ningún modo podía permitir que un incidente parecido se repitiera. Y menos aún con el director.

- Mire, le espetó Sofía tendiéndole el periódico. Lea ahí, así entenderá la gravedad de la situación y la indignación de la víctima.

- Aquí sólo se dan las iniciales. Así no hay manera de que le identifiquen, dijo el guardia.

- También se da su profesión ¿Cree usted que hay muchos profesores que coincidan con esas iniciales? Está claro que, sin decir su nombre completo, le están señalando a él directamente.

- Sí, eso es cierto, no había caído. ¿Y lo que se cuenta aquí es falso?

- Absolutamente falso. Ni ha habido denuncia ni los hechos son ciertos.

- Ahora entiendo el cabreo del señor. No sé qué haría yo en su caso, pero el asunto es como para montar una bien gorda. De todos modos, pídale que se tranquilice y se comporte cuando vuelvan.

A su salida, Sofía le resumió rápidamente a Javier la conversación, pero estaba ansiosa por conocer los motivos de la explosión de ira a la que había asistido boquiabierta.

– Así que os conoceis... ¿Y por qué le has llamado Cabo?

– Fue alumno del instituto durante un curso hace cuatro años.

Javier suspiró, o, mejor dicho, emitió una sonora mezcla de suspiro y resoplido acompañada de un gesto de fastidio.

– Es muy largo de contar, Sofía. Ese tipo es un canalla muy especial. Tal vez tiene un punto de psicópata, no lo sé, pero según mi experiencia es suficientemente sutil e inteligente como para ser consciente de sus actos y de las consecuencias. En su maldad no hay espontaneidad ninguna. Todo está siempre calculado para lograr un fin mediante el daño o la amenaza. Es muy mala persona, la peor que yo conozco.

Javier había abandonado la sombra y echado a andar en dirección contraria al lugar en el que habían dejado el coche. Sofía optó por no decir nada. Había decidido guardar silencio para facilitar que él continuase su relato.

– Preguntabas por qué le he llamado Cabo, dijo mientras pateaba una pìedra. Él nos lo impuso. Para justificarlo contó una historia, que más tarde comprobamos que era totalmente falsa, según la cual su padre había abandonado a su madre cuando él era muy niño. Dijo que había decidido renunciar a su apellido y que en su momento lo haría en el Registro Civil. Mientras tanto quería que le llamásemos Pedro Cabo, con el apellido de su madre. Supongo que le molestaba ser el tercer Fernández de su clase.

– ¿Adonde vamos a ir?, interrumpió finalmente Sofía.

– Tiene que haber por aquí alguna taberna en la que comer algo. En un lugar donde trabaja tanta gente...

– Ya, pero es sábado por la tarde. No creo que hoy trabaje mucha gente aquí, salvo en el periódico.

– Bueno, damos una vuelta y si no, nos vamos, respondió Javier, sumergido en sus recuerdos. ¿Por dónde iba?, dijo casi sin transición. ¡Ah, sí! Por el tema del apellido. Ahí tuvimos el primer dato sobre la clase de tipejo que nos había caído en suerte. Hubo un profesor que se negó a su petición, argumentando que no iba a hacer excepciones a la costumbre de nombrar a los alumnos por su nombre y primer apellido mientras así figurase en su lista. “Yo me llamo José Luis Gómez Couceiro”, le dijo. ¿Sabe cómo me llamaba durante el servicio militar? José Gómez. Y no me gustaba, pero me tuve que aguantar”.

– Tu colega no estuvo muy afortunado hablando de su 'mili', ¿no?

– Bueno, Couceiro tenía ya sus años y además era bastante peculiar. Pero ¿sabes cómo reaccionó nuestro canalluca? Se sentó y se calló, pero a la clase siguiente le interrumpió tres veces llamándole “señor Cocero”. ¿Podría repetirlo, señor Cocero, que no me ha dado tiempo a apuntarlo?” Así siguió durante semanas. Couceiro llevó el asunto al claustro de profesores y le recomendamos que hablase con él, que se aviniese a llamarle Cabo a cambio de que él le llamase al menos “señor Gómez”, aunque todos, incluidos los alumnos, le llamábamos Couceiro o simplemente José Luis.

– La verdad es que todo eso me parece bastante ridículo, dijo Sofía. Un profesor peculiar y un alumno truculento, ¿pero qué pasó?

– Couceiro se avino. Durante dos o tres clases le llamó Cabo, pero el otro insistió en llamarle Cocero, así que él volvió al Fernández.

– Vaya par, sentenció Sofía, mientras contemplaba casi con desolación la avenida de naves industriales cerradas y sin sombra que les cobijase en la que acababan de desembocar al doblar una esquina.

23.7.08

Secuelas de un día de sol de primavera (XXIII)

Cuando salieron de la comisaría pasaban algunos minutos de las dos de la tarde, pese a lo cual Javier, rechazando la razonable propuesta de Sofía para ir a comer algo, se obstinó en dirigirse al periódico difamador para hablar con su responsable.

- A estas horas lo más probable es que se haya ido a comer. Además es fin de semana, opuso Sofía.

- Precisamente porque es fin de semana quiero dejar esto zanjado cuanto antes. Además, quién sabe si por la tarde el director va a estar. Si quieres, no me acompañes. Comprendo que esto es muy desagradable. Ya me has ayudado bastante y te lo agradezco.

- ¿Eres tonto?, le espetó ella con acento entre incrédulo e indignado. Por supuesto que te acompaño. Perdona que te lo diga, pero hoy te desconozco. Te veo muy furioso y desbordado y creo que debo estar a tu lado más que nunca. Este caballo mío necesita que lo agarren fuertemente por las riendas, no vaya a ser que se desboque, bromeó finalmente exhibiendo aquella sonrisa casi infantil que siempre le desarmaba.

El periódico se hallaba a las afueras de la ciudad, en un viejo poligono industrial polvoriento y con las calles llenas de baches. En la recepción sólo había un guardia de seguridad con expresión ausente, que confirmó el escepticismo de Sofía sobre la utilidad de la visita a aquellas horas: el director se había ido a comer y no volvería antes de las cuatro o las cuatro y media.

Javier se mostró contrariado e impaciente, pero reaccionó con rapidez y habilidad.

- Mire, sólo quería comentarle un suceso. ¿No podría hablar con un redactor? Con Pedro Fernández, por ejemplo.

- Ah, sí. Creo que Pedro todavía está en la redacción. Un momento, que le llamo.

Javier y Sofía intercambiaron una breve mirada. La de Javier expresaba satisfacción y alivio mientras la de Sofía era extrañada e inquisitiva. Obviamente no comprendía qué se proponía su airado compañero hablando directamente con el autor del desaguisado y se temía lo peor.

- Oye, aquí hay un señor que quiere informar de un suceso. ¿Qué? No sé. Quería hablar con el director. Ya le he dicho que no está.

Javier sonreía al escuchar el diálogo del guardia con el redactor infame. Le pareció muy conveniente que su “comentar" un suceso se transformase en “informar”. ¿Qué periodista podría resistirse? Y más cuando el destinatario de esa información iba a ser el ausente director.

- Esperen un momento, por favor. Ahora baja, les comunicó el recepcionista ocasional, satisfecho de su eficiacia.

Tras permanecer algunos segundos absorto, sin duda pensando en cómo abordar el presumiblemente tenso diálogo, Javier se giró hacia la escalera, en la que antes no había reparado. Por ella había comenzado a descender, contoneándose, un joven cetrino y de baja estatura.

La iluminación fue simultánea para ambos. El joven se dio la vuelta bruscamente y volvió a subir, con agilidad casi simiesca, los pocos peldaños que había descendido. Por su parte, Javier se precipitó hacia la escalera, vociferando fuera de sí.

- ¡Cabo, hijo de puta, dé la cara como un hombre! ¡Venga aquí, canalla, rata asquerosa!

El guardia interpuso su contundente corpulencia ante Javier cuando este comenzaba a subir por la escalera.

- Perdone, señor. No puede pasar, está prohibido pasar. Mire, lo pone en ese cartel. ¿Pero qué pasa? Le ruego a usted que se vaya.

El rostro de aquella mole antes impasible se había tornado lívido y su mano temblaba ostensiblemente mientras mostraba un cartel que rezaba “Prohibido el paso a toda persona ajena a la Redacción”.

Sofía, tras superar el desconcierto que le produjo la situación, se había acercado a Javier y le había tomado una mano, que apretaba con energía y acariciaba con ternura. Él jadeaba y había roto a sudar. Parecía al borde de un ataque de ansiedad o de un infarto. El contacto de Sofía pareció serenarle y su rostro pasó de la exasperación a una profunda amargura. Sofía pensó por un momento que incluso iba a llorar.

- Sal un poco a la calle, le dijo. Te hará bien. Yo salgo enseguida. Déjame explicarle la situación a este señor. Tendremos que hablar con el director, ¿no?

Javier asintió con un gesto y mansamente, casi tambaleándose, se dirigió hacia la puerta.

Continuará.

2.11.06

Secuelas de un día de sol de primavera (XXII)

Cuando el policía regresó algunos minutos después lo hizo en compañía de otro hombre, vestido con ropa deportiva y muy sonriente, que se situó al otro lado de la mesa, de pie junto al uniformado, que se sentó a su vez con solemnidad y exhibió una amplia sonrisa antes de hablar.

- Creo que podemos explicar todo lo sucedido. Para empezar, no ha habido denuncia.

- ¿Qué no ha habido denuncia?, casi gritó Javier. ¿Entonces cómo es que lo publica el periódico?

- Sólo lo publica un periódico, como usted mismo ha comprobado. Y eso también lo podemos explicar, dijo el policía. Lo que hubo es un intento de denuncia. Mi compañero, que fue quien atendió a la señora, se lo explicará. Hemos tenido la suerte de que se dejara caer por aquí porque yo ya me estaba volviendo loco buscando inútilmente en los partes.

El relato del policía de paisano mantuvo a Javier y a Sofía con la boca abierta la mayor parte del tiempo.

La Gorgona -para el policía “la señora”- se presentó en la comisaría vestida de punta en blanco y exageradamente enjoyada. Tenía un aire pudoroso y ofendido y empezó su relato en voz baja, como quien relata un cotilleo maledicente. Lo llevaba todo muy bien preparado, pero no parecía haber imaginado la posibilidad de que le hicieran preguntas. Cuando el policía empezó a pedirle detalles pormenorizados ella empezó a balbucear, a respirar agitadamente y a incurrir en contradicciones. No supo explicar con claridad de que conocía, con nombres y apellidos, al indecente y finalmente se vino abajo cuando la pregunta se refirió a qué gestos o tocamientos hizo el exhibicionista.

- El caso es que, pese a mi insistencia -concluyó el policía de paisano, siempre sonriente-, se negó a terminar su declaración y a firmar la denuncia. De pronto pareció tener mucha prisa y se fue pidiendo perdón por hacernos perder el tiempo y asegurando que no estaba
segura de la identidad del autor porque no llevaba puestas las gafas.

- ¿Pero si no hubo denuncia cómo es que sale la noticia?, inquirió Javier.

- La cuestión es que durante la declaración se hallaba presente un redactor del diario, un chico joven que lleva algunos meses haciendo la información de sucesos. Lo que no entiendo es cómo da por presentada la denuncia porque se quedó hasta el final y me vio tirarla a la papelera incluso. Es una persona un tanto incordiante, que ya nos ha causado algún problema. Hace poco hubo que amonestar a un par de policías a los que parece que conoce personalmente porque le dieron información confidencial sobre un asunto delicado y él enredó lo que le contaron con lo que imaginó y se montó una película increíble.

- ¿Podrían decirme su nombre? Me parece evidente que si hay alguien a quien culpar y demandar en este asunto es a ese personaje.

-Bueno, tenga en cuenta que la información sólo pone las iniciales, respondió conciliadoramente el policía uniformado.

-La información hace algo más, atajó Javier con firmeza. Ese desaprensivo cita mi profesión y eso me hace identificable de inmediato.

Los policías se miraron interrogativamente y simultáneamente se preguntaron:

- ¿Cómo se llama?

Finalmente el policía de paisano sacó de su bolsillo un teléfono móvil.

- Voy a llamar a Jimeno, que es uno de los que le conocen.

La conversación fue breve:

- Hola, perdona que te moleste. Queríamos saber el nombre del periodista ese que os metió en un lío a ti y a Agudo. No, por nada. Es sólo por saberlo. ¿Pedro Fernández? Vale, gracias. ¿Libras hoy? Pues venga, a disfrutarlo.

Continuará.

23.10.06

Secuelas de un día de sol de primavera (XXI)

A Javier no le gustó la expresión displicente y aburrida del policía que finalmente les recibió. Sentado ante una mesa grande, impecablemente uniformado, aunque mal rasurado, ni siquiera les miró a la cara cuando recitó un formulario "buenos días, sientense, por favor".

Sofía, consciente del pésimo humor que poseía a Javier tras la dilatada espera, dirigió a éste un mudo mensaje de calma con la mirada.

Él se esforzó en acumular serenidad para ordenar su relato y adjetivar los hechos con la menor contundencia posible, aunque no pudo evitar calificar a su denunciadora como estúpida e histérica. La expresión del policía se fue animando a medida que Javier detallaba su experiencia con tal claridad, detalle y orden que a él le evitaba hacer preguntas.

Sofía percibió que aquel hombre no sólo se estaba divirtiendo con la narración de unos hechos tan absurdos sino que, además, creía en la verdad de lo que Javier contaba. Mientras éste seguía mirándole como a un enemigo en potencia, Sofía consideró oportuno dirigir al uniformado algunas de sus desarmantes sonrisas de simpatía.

- ¿Usted fue testigo de estos hechos?

La imprevista pregunta a bocajarro cogió por sorpresa a Sofía, que temió que el policía hubiera interpretado impropiamente su simpatía. No obstante, reaccionó de inmediato:

- No, no. Yo he venido a acompañarle. Soy su compañera.

Tal afirmación obligó a Javier a girar la cabeza hacia ella por primera vez, esforzándose por no exteriorizar su perplejidad. Ahí estaba la buena de Sofía, sentada a su derecha, con su inmensa sonrisa iluminando el rostro del policía. Seguramente sin su presencia él no habría podido soportar la impaciencia de la espera ni controlar su mal humor. Su mirada hacia ella se tornó tierna y el policía no tuvo duda alguna de que la palabra 'compañera' significaba exactamente lo que él había supuesto.

Cuando Javier concluyó su relato y resumió sus demandas el policía le expuso de manera muy clara y educada la situación.

- Comprendo que usted ha vivido una experiencia lamentable, pero tengo que decirle que este no es el lugar adecuado para plantear una demanda por injurias y calumnias. Para eso deberá usted dirigirse a un juzgado en compañía de su abogado. Tampoco creo que podamos darle a usted la identidad de la denunciante, aunque tengo que consultarlo. Creo que tendrá que reclamarla su abogado de cara a la demanda, si usted decide presentarla.

- De acuerdo, respondió Javier con la voz apagada y expresión de frustración.

- De todos modos, parece evidente que la denunciante le conocía. ¿No la conoce usted a ella?

Cuando Javier le contó que sí, pero sólo de vista, y le explicó su experiencia tras la conferencia en el Ateneo, el policía musitó como para sí "increíble, increíble".

- ¿No me cree usted?

- No, no es eso. Como comprenderá usted, aquí lo increíble nos es bastante familiar. Lo que ocurre con su caso es que yo no conozco nada parecido en todos mis años de profesión. Es absurdo.

- Es algo peor que absurdo. Por lo menos para mi.

- Bueno, dijo el policía. Me van a perdonar que les deje unos segundos. Tengo que consultar los partes para ver qué podemos aclarar en todo este asunto.

Continuará.

3.9.06

Secuelas de un día de sol de primavera (XX)

El trasiego de la comisaría de policía sorprendió a Javier, que nunca había vuelto a entrar en una desde los remotos tiempos en que en ellas se gestionaban los pasaportes. No imaginaba que un sábado por la mañana pudiera haber tanta gente. La sala de espera en que les introdujeron estaba casi llena. Una variada tipología humana tomaba asiento en bancos corridos a lo largo de las paredes y en sillas arbitrariamente distribuidas en el resto del espacio disponible.

Al cabo de tres minutos de permanecer sentado y en silencio junto a Sofía se sintió agobiado. La mezcla de nerviosismo, indignación y sensación de absurdo que sentía le estaba pidiendo a gritos un cigarrillo.

- ¿Me acompañas un momento? Quiero salir a fumar.

- No, mejor me quedo aquí para no perder el turno. No tardes mucho, que ya sabes cómo son estas cosas.

Javier no sabía cómo eran esas cosas y Sofía tampoco. Ambos hubieran preferido no saberlo, no estar allí, hablando en voz baja y mirando alrededor, hacia personajes igualmente circunspectos y graves.

En el exterior del edificio, entre largas chupadas al cigarrillo, Javier pensó que tenía suerte por poder contar con aquella mujer e incluso fabuló por un momento con una futura posibilidad de vida en común. La sintonía con ella era total, pese a la diferencia de edad, y por primera vez él sentía que tenía una amiga y una compañera además de una amante.

Tras salir precipitadamente de su casa, ella había conducido con tranquilidad hacia el centro. En el reproductor de su coche sonaban canciones de autor de la época de la dictadura, llamadas a la lucha y a la esperanza. A Javier le invadió una sensación singular de melancolía y energía reivindicativa.

- Tanto nadar para morir en la orilla, musitó.

- Perdona, ¿qué decías?

- Nada, nada. Tonterías.

Al fin, en el segundo quiosco ante el que se detuvieron, consiguieron el periódico. Sofía detuvo el coche poco más allá, con dos ruedas montadas sobre la acera, mientras Javier exploraba las páginas con ansiosa minuciosidad.

Al rato Sofía no pudo evitar recuperar la ironía:

- En las páginas de deportes no lo van a dar, Javier.

Nada. Aquel diario no publicaba ni una línea sobre el estúpido incidente playero. Javier sabía, o creía saber, que los dos diarios locales difundían básicamente los mismos sucesos, precisamente porque bebían en la misma fuente y disponían exactamente de los mismo datos. Sólo ante un acontecimiento importante se registraban diferencias. Entonces movían a sus redactores al lugar de los hechos y, según la mayor o menor habilidad y capacidad de éstos, se producían las diferencias.

- Vamos a la comisaría, dijo. Quiero saber qué coño ha pasado y presentar una querella contra la gorda histérica esa.

Continuará.

27.6.06

Secuelas de un día de sol de primavera (XIX)

A instancias de Sofía decidió renunciar a su rutina habitual de asearse antes de desayunar.

- Los churros están todavía calentitos, que es como hay que comerlos. Los churros fríos ya sabes que pierden toda la gracia.

Javier descartó considerar si aquella frase contenía un doble sentido. A veces el ingenio vivaz de Sofía le abrumaba. Se puso el albornoz y, precedido por ella, se dirigió al salón.

- ¡Estupendo!, exclamó al ver que Sofía había puesto la mesa con primor, rechazando la posibilidad de desayunar ante el televisor, en la mesa baja que Javier llamaba ‘el comedero’.

Ella, que había comenzado a repasar el periódico mientras hundía demoradamente un churro en el denso chocolate, sonrió satisfecha. Había puesto incluso una rosa en un búcaro.

- Muy bonita, dijo Javier. Una justa expropiación, supongo.

- Exactamente. La pobre estaba rodeada de capullos y me dio pena.

Era increíble. Sus ojos negros, grandes y expresivos, reían pícaramente mientras, con los labios manchados de chocolate, devoraba el churro.

- ¿Cómo te ha dado por comprar ese periódico?

-El tuyo se había agotado, querido. Lo siento, pero este no está tan mal. Tal vez deberías reconsiderar tus rutinas.

Ambos se concentraron en la degustación del desayuno, guardando silencio durante un buen rato.

- Mira lo que pone aquí, dijo Sofía.

Javier cogió distraídamente el periódico que le tendía. Si hubiera mirado a la cara de Sofía habría sabido que no había nada anecdótico ni divertido en lo que ella le mostraba.

- ¡Mecagüen la madre que la parió!

Javier golpeó la mesa y se puso en pie. Una larga retahíla de denuestos y blasfemias salió de su boca en catarata a veces tartamudeante. Apenas podía contener la ira y pegó un puñetazo en la pared que hizo tintinear las cristalería y la vajilla en el aparador.

Volvió a leer el texto causante de su indignación. Eran unas breves líneas al final de una información que englobaba varios sucesos de menor cuantía. El epígrafe no podía ser más parco ni ignominioso: “Exhibicionista”. “Un hombre fue denunciado ayer por exhibirse desnudo ante un grupo de menores que, junto a su profesora, paseaba por la playa de La Rueda”, decía la información. “J. M. F., que es asimismo profesor, de 50 años de edad, -proseguía- se mostró desnudo y en actitudes obscenas ante los alumnos, dándose a la fuga rápidamente cuando fue recriminado por la profesora, que presentó la denuncia”.

Se precipitó a toda prisa hacia el dormitorio para vestirse. Había que aclarar el asunto cuanto antes y conseguir que se publicase una rectificación al día siguiente. Si había sido denunciado, ¿cómo era posible que él no tuviera noticia? No lo entendía en absoluto y eso, más que cualquier otra cosa, era lo que le sacaba de quicio.

Cuando se serenó un poco, ya vestido, decidió que lo primero que había que hacer era comprar el otro periódico, el 'suyo', como decía Sofía. Era necesario saber cómo daba la información, si la publicaba. Si la gorgona había dicho que había mostrado actitudes obscenas le iba a meter una querella por injurias y calumnias que se iba a cagar la perra. ¿Tendría que llamar a un abogado? Lo decidiría más tarde, desde la propia comisaría de policía, si era preciso. Para colmo de males era sábado, lo que dificultaría toda gestión.

- ¡Joder!, se dijo. Me ha debido mirar un tuerto. Esa puta gorda me las va a pagar.

- Te acompaño, le dijo Sofía cuando él reapareció en el salón tras pasar brevemente por el cuarto de baño para asearse a toda velocidad.

-Te lo agradezco, pero no hace falta. Además no quiero que te mezcles en esta mierda. Ya me las apañaré.

- Insisto. Y no me vas a convencer. Es más, vamos en mi coche. Y conduzco yo, que tú, con la aceleración que llevas, hasta te puedes llevar por delante a un peatón en un paso de cebra. Sé razonable. Tómatelo con calma. Es un malentendido absurdo y se aclarará. Si fuera un malentendido más grave ya te habrían llevado ante el juez.

De mala gana, aunque no poco aliviado, Javier transigió.

- Vale, pero vamos ya que el tiempo vuela y además hoy es sábado.

Continuará.

22.6.06

Secuelas de un día de sol de primavera (XVIII)

A la mañana siguiente, cuando Javier despertó giró instintivamente su cuerpo para encontrar el de Sofía, pero su abrazo halló el vacío. Eran casi las once y ella llevaba ya dos horas de trajin. Había recogido y limpiado el salón, lavado los cubiertos y bajado la basura. Luego se había duchado y acicalado ninuciosamente y había vuelto a salir en busca del periódico y de los elementos necesarios para un desayuno sabroso.

Regresó con una tableta de chocolate negro y un paquete de churros de tamaño nada despreciable. Preparó con mimo un chocolate espeso y unas tostadas de jamón y queso y decidió vencer la tentación de despertar a Javier inmediatamente. Se acomodó en el salón y encendió el televisor, aunque quitó el sonido.

El aroma de un cigarrillo rubio fue la señal de que finalmente Javier había despertado. Odiaba su costumbre de fumar en la cama, pero sabía que cuando sus encuentros intermitentes tenían como escenario la casa de él no podía ejercer la prohibición que imponía en su propia casa y había tratado de imponer inútilmente en los hoteles.

Decidió gamberrear un poco y se lanzó a toda la velocidad sobre la cama con ánimo de cogerle por sorpresa. Inútil intento porque su taconeo por el pasillo, aunque deliberadamente amortiguado, había anunciado su aproximación. Ambos rieron como niños.

- Mira que eres, ¿eh?, dijo él . ¿Cuándo madurarás, criatura?

- Creo que cuando tu te jubiles ya lo habré conseguido, oh, hombre maduro, amo mío, amor mío, dijo ella con un fingimiento teatral de sumisión. Por cierto, dijo cambiando a un tono serio, sí que estabas cansado, ¿eh? Anoche, a la vista de cómo te portaste en la horizontal, creí que exagerabas al decir que estabas muy cansado, pero has dormido como si hubieras corrido la maratón. Pobrecito. Perdona a esta explotadora despiadada.

- Ya sabes que tuve una excursión muy agitada. Además, ya no soy un niño y necesito más tiempo para recuperarme. Y lo siento porque me gustaría estar a tu altura, le dijo sonriendo con ironía.

Javier le había relatado con todo detalle durante la velada su improvisado paseo y el desagradable encuentro con la gorgona; su apresurada huída del escenario del crimen y sus zozobras. Ella se había desternillado de risa al imaginar la escena de su confrontación, desnudo y desconcertado, con la gorda histérica y le había tranquilizado.

- Si no hay noticias son buenas noticias. Se le pasaría el berrinche al monstruo pedagógico. Si no, seguramente ya estarías detenido y me habrías llamado desesperado para que te llevase tabaco al calabozo.

Javier adoraba a Sofía y la alegría y el humor que ella mostraba habitualmente formaban parte fundamental de ese sentimiento, pero también su sinceridad. Esa era una virtud que consideraba más bien rara en una mujer y que él apreciaba sobre todas las cosas en cualquier ser humano. Desde que la conoció sintió instintiva simpatía y cariño hacia ella, pero actuó como la zorra de la fábula. Quince años de diferencia de edad son demasiados, se dijo.

Fue ella quien tuvo que llevar la aproximación hasta la obviedad de hacerse la encontradiza frente a todo indicio de casualidad, llamarle, invitarle a cenas con amigos y prestarle libros y discos que había comprado expresamente porque sabía que a él le iban a gustar.

Finalmente consiguió que se tomase una copa a solas en su casa. Aparentemente él prefirió tomárselo como un simple, aunque inquietante, gesto de amistad, pero ella se sentó pegada a él. Luego, ante su falta de iniciativa, puso la cabeza en su hombro y él posó su cabeza sobre la de ella. Dado que no había mayores avances, ella le desabrochó un botón de la camisa y comenzó a acariciarle el pecho el estómago...

Minutos después de que terminaran de hacer el amor con extraordinario frenesí ella le espetó:

- ¿Pero es posible que no te dieras cuenta de que estoy loca por ti? Te juro que ya no sabía qué hacer. Eres increíble.

- Yo también te quiero, te adoro, Sofía, Levo meses soñando contigo, dormido y despierto. Creía que no era posible que te enamorases de mi. Soy mucho mayor que tu. Va a resultar cierto que dios existe.

- Tonterías. La que existe soy yo y tu has estado ignorando señales evidentes de lo que me pasa. De verdad que ya no sabía si eras tonto, impotente o maricón. También cabía la posibilidad de que yo no te gustase e incluso te desagradase. En fin. Bien está lo que bien acaba y esto acaba de empezar. Te lo advierto, dijo con una sonrisa de oreja a oreja. Si intentas darme esquinazo me mataré. Allá tú con tu conciencia, concluyó con una carcajada y un largo beso que significó el reinicio de la refriega.

Continuará.

9.6.06

Secuelas de un día de sol de primavera (XVII)

Era Sofía. Su voz serena y dulce relajó la ansiedad que había poseído a Javier al sonar el teléfono.

-Perdona si te he despertado. ¿Recuerdas que habíamos quedado en ir al cine y cenar por ahí?

- No estaba dormido, sólo algo traspuesto, mintió. En cuanto a salir no sé qué decirte, no estoy muy animado. Estoy cansado.

- Pues no será de trabajar, que ya me he enterado de que te han hecho huelga.

- Ya, me fui a caminar. He estado en la playa.

- ¿En la playa tu? Con razón te notaba algo raro. Me paso la vida presionándote para que me acompañes y luego te vas tu solo. A ti te ha afectado el sur, seguro.

Sofía soltó una carcajada que a Javier no le hizo mucha gracia, pero no dijo nada. Conocía las leyendas locales sobre los efectos del viento del sur en cierta gente y había podido constatar que, en algún caso, parecían ser ciertas. Una amiga enfermera, empeñada en combatir su escepticismo, le había comentado que la sección de Psiquiatría del hospital se desbordaba cuando el sur barría la ciudad. Casi le había convencido.

-Bueno, ¿qué dices?, insistió Sofía. Mira, te propongo una cosa. Tengo por aquí algún plato precocinado congelado. Para las emergencias, ya sabes. También tengo algunas películas sin ver. ¿Te parece que lo lleve todo a tu casa y nos montemos una tierna veladita en plan de pareja de hecho perfectamente avenida? Si supieras cuántos suspiran por que les haga una propuesta como esta...

Javier rió de buena gana.

- Vale, doña irresistible, pero te advierto que no tengo pan, sólo un poco de integral de molde.

- No te preocupes, adán. Yo tengo una estupenda torta de pueblo. ¡Ah! Y me llevaré una exquisita lata de anchoas en aceite, que ya se que te erotizan.

Sofía desató de nuevo la catarata de su risa y Javier le acompañó con gusto.

-Bueno, dijo Javier con tono cómicamente escéptico. A falta de ostras de Arcachon...

-Si te portas bien... Pero sólo tengo una. Y es de Zamora.

Ambos rieron como locos.

Continuará.

3.6.06

Secuelas de un día de sol de primavera (XVI)

Eran casi las seis de la tarde cuando Javier decidió atender las exigencias imperiosas de su estómago vacío. Llevaba desde las ocho de la mañana con un café con leche por todo alimento y sus tripas rugían desesperadas. No había gran cosa en el frigorífico y lo último que se proponía era cocinar, así que abrió un par de sobres envasados al vacío con jamón y lomo. Depositó su contenido en un plato ancho junto con unas cuantas rebanadas de pan de molde integral y regresó al salón.

Una vez sentado en el sofá pensó que un vaso de vino le iría bien al refrigerio, pero descartó abandonar su asiento. Estaba de un humor lúgubre, casi deprimido, y fue comiscando con desgana mientras su mente se sumergía en evocaciones coincidentes con su estado de ánimo. El incidente de la playa había impreso a un día que se presentaba bajo augurios de armonía y placer una deriva absurda. Y él odiaba todo lo que no fuese lógico. La irrupción de lo imprevisto y la agresión de lo irracional ocupaban un lugar muy destacado entre todo lo que Javier consideraba indeseable.

Su vista se detuvo en la fotografía que, frente a él, ocupaba un lugar de honor en la estantería. En Sintra, junto a su hijo, ambos sonrientes y felices el verano pasado, retratados por Sofía.

Le invadió la ternura. Junior, como le llamaba para evitar decir el nombre que compartían, era lo que más quería en el mundo. Cuando se consumó el divorcio, que Javier trató de evitar hasta el último momento, sintió un desgarramiento casi insoportable al tener que separarse de su hijo, pero Junior no tomó partido en un conflicto que no comprendía y sobre el que siempre eludió preguntar. Contra lo que había temido, su hijo se aproximó a él como nunca hasta entonces y mostró una inesperada madurez que le conmovió profundamente.

Ahora a los lazos de la sangre, que un extraordinario parecido físico ponía en evidencia, se sumaban la amistad y la confianza.

De pronto, como un clarinazo preñado de negros presagios, sonó el teléfono. Pensó que tal vez sería la policía, llamándole para que declarase. Durante toda la tarde había evitado hacer cábalas, pero celebró cada minuto que había trascurrido sin ninguna novedad sobre el estúpido incidente de la mañana como un signo de que la gorgona había desistido de cumplir su ridícula amenaza.

Durante algunos segundos dudó en contestar, pero pensó que podría ser Sofía, o Junior, o alguien de la delegación con alguna cuestión sobre la huelga en su instituto. Finalmente, cruzando los dedos, levantó el auricular.

Continuará.

30.5.06

Secuelas de un día de sol de primavera (XV)

Una sucesión de breves y extrañas pesadillas, salpicadas de sobresaltos y marcadas por la angustia, turbó su descanso.

Se batió a espada con un enemigo invisible que, desde la más profunda oscuridad, le atacaba con un arma hecha de una fría luz azulada mientras profería lo que supuso terribles amenazas en un lenguaje incomprensible y con una voz gutural; cayó por un precipicio interminable para quedar atrapado en una especie de tela de araña dominada por un monstruo de aspecto metálico y una boca inmensa y perlada de afilados dientes de acero... Para su alivio, cada terrible secuencia concluía cuando su muerte violenta era inminente.

Lo que le despertó fue el fogonazo de un flash sobre una realidad oculta a su consciencia. Había atribuido a la vulgaridad de la gorgona la sensación de familiaridad que le produjo. Se parecía a muchas mujeres a las que se había acostumbrado a ver sin mirar. Figuras grises que desfilaban cotidianamente ante su retina, seres anodinos con los que suponía que nunca tendría nada en común, ni siquiera una breve conversación sobre el clima; personas que habitaban un lado de la realidad por el que él no transitaba. Cuando se paraba a considerar su existencia, le inspiraban una vaga sensación de tristeza y conmiseración. Sobrepeso, climaterio, frustración, soledad, televisión, cotilleo...

“¿Qué opinión le merece la obra de Lewis Carroll?” La pregunta, formulada con respetuosa dulzura, se repetía en un bucle interminable. Por un instante vio su rostro redondo, su mirada inquisitiva, su sonrisa nerviosa. Una imagen casi enternecedora que en brusca transición se transformó en una perversa expresión de odio cuando él dijo: “Perdone”.

Se despertó muy agitado, sudando y más cansado de lo que estaba al dormirse. Ella le conocía. Para la gorgona el 'exhibicionista' de la playa tenía nombres y apellidos. Si persistía en su propósito de denunciarle estaba perdido.

El sueño había sacado a la superficie algo que su memoria había ocultado entre lo innumerable anecdótico e insignificante. Ahora vio la breve escena con claridad. Ella se había acercado a la mesa apenas concluyó la conferencia. Javier sentía una antipatía instintiva por la gente que, pese a haber un coloquio, espera a formular sus preguntas precisamente cuando el acto se da por terminado.

En otras circunstancias seguramente se habría detenido a atender la pregunta con hipócrita cortesía. Le habría explicado, por ejemplo, algo no demasiado conocido: que el grupo de Bloomsbury había reivindicado el valor artístico del autor de ‘Alice in wonderland”. Pero vio a Sofía, que había acudido con algunos amigos, haciéndole señas con la mano y sonriendo de un modo encantador casi al lado y no tuvo duda alguna en la elección.

Ahora lo lamentaba como si fuera el peor error de su vida.

Continuará.

26.5.06

Secuelas de un día de sol de primavera (XIV)

El sol había calentado notablemente el coche. El volante ardía y el aire le pareció casi irrespirable. Su camisa estaba ya empapada de sudor por la agitada caminata de regreso. Aquello le exasperó aún más.

Arrancó el motor con la puerta abierta de par en par, puso el aire acondicionado a tope y apagó la música. Así permaneció al menos un minuto. Tenía prisa por salir de allí, por alcanzar la carretera principal y refugiarse finalmente en su casa. Una vez en camino encendió un cigarrillo para relajarse.

Hasta el momento en que la puerta del garaje se cerró tras él estuvo pendiente de la presencia de algún coche policial que circulase en sentido contrario al suyo. No vio ninguno. Pensó que la gorgona acabaría tranquilizándose y renunciaría a su estúpida amenaza de denunciarle, pero ni siquiera esa reflexión alivió el mal humor que le poseía.

Una vez en su casa, se derrumbó sobre el sofá y se tendió en él sin despojarse siquiera del calzado. Se sentía agotado y poseído por un ánimo peculiar, en el que se mezclaban la indignación y la melancolía. Lo que le había sucedido le parecía increíble, intolerable.

No comprendía que aquella histérica hubiera actuado como lo hizo. Sus insultos resonaban aún en sus oídos y encendían su ira. Se lamentó por no haber reaccionado con mayor contundencia frente a aquella bruja.

-La educación, se dijo. A ti siempre te pierde la educación, idiota.

Pero en el fondo no estaba en absoluto convencido de que una reacción más enérgica y ofendida por su parte hubiera obtenido mejores resultados. Por otra parte, estaban los alumnos. No habría sido prudente organizar un escándalo en su presencia.

- Que la jodan bien jodida, que es lo que debe hacerle falta, dijo poco antes de quedarse profundamente dormido.

Continuará.

22.5.06

Secuelas de un día de sol de primavera (XIII)

Josefina habría preferido que Javier estuviera realmente muerto. Le habría ahorrado problemas. Eso es lo que pensó al descubrir por el acompasado movimiento del pecho y del estómago que sus alarmados alumnos no habían mentido: había un hombre, pero estaba vivo. Y desnudo.

Ella supo de inmediato que la mejor opción que tenía, ante la situación planteada por esa evidencia, era montar un número. No podía regresar junto a sus críos excitados y expectantes para decirles simplemente que no pasaba nada, que sólo era un señor desnudo. Los dos desobedientes exploradores ya habrían dado a sus compañeros todo tipo de detalles escabrosos y seguramente exagerados sobre su hallazgo. Sus padres no entenderían la inhibición por parte de una pedagoga como ella, reputada por su rigor moral.

También habría preferido no saber quién era el nudista. Cuando Javier se quitó la camisa de la cara ella le reconoció de inmediato. Era el director del Instituto Nebrija, el antipático personaje que años antes, tras pronunciar una conferencia en el Ateneo, le había ignorado cuando intentó hablar con él sobre Lewis Carroll.

Era cierto que Carroll no tenía mucho que ver con Virginia Woolf y el Grupo de Bloomsbury, de los que él había tratado, pero un auténtico caballero no deja con la palabra en la boca a una señora. Eso creía Josefina, que además estaba convencida de que tanto Carroll como Woolf eran unos degenerados. Seguramente Javier también lo era, se dijo al reconocerle. ¿Si no por qué otra razón habría escogido ese tema? ¿Y por qué se lo encontraba desnudo y despatarrado en una playa con una camisa ocultándole el rostro?

La decisión estaba tomada. El réprobo tenía que pagar.

Lamentablemente para sus propósitos, mientras Javier se acercaba ya al chiringuito, ahora cerrado, los teléfonos móviles que la airada profesora trataba de emplear para avisar a la policía resultaban totalmente inútiles en la playa y fuera de ella.

Continuará.

19.5.06

Secuelas de un día de sol de primavera (XII)

Estuvo tentado de echar a correr pero no era prudente intentarlo descalzo. Mientas se anudaba los zapatos decidió serenarse. Correr equivaldría a asumir una culpa que en modo alguno aceptaba. Se abotonó lentamente la camisa y se internó en la vaguada por la que ya había previsto hacer el camino de regreso. Iba a invertir mucho menos tiempo que a la ida, pero no podía eludir ciertas dificultades.

A la par que se agachaba y contorsionaba para pasar entre las alambradas de espino que separaban pequeños prados y sembrados, en Javier crecía una furia que desconocía. Aquella maldita gorda le había arruinado el día con su estupidez y sus insultos. ¡Llamarle exhibicionista y pervertido a él!

- ¡Josefina, Josefina, hemos encontrado a un hombre muerto!

Así dio comienzo el infortunado incidente. Dos de los niños, que se habían alejado del grupo para 'buscar tesoros', según su propia expresión, regresaron corriendo, jadeantes y con los ojos desorbitados, para dar la espectacular noticia a su profesora.

Josefina no estaba de buen humor tras el previo descubrimiento del cadáver del perro y la contemplación de la suciedad general de la playa. Había ordenado que nadie se descalzase y que todos caminasen por el límite entre la arena mojada y la seca. No quería que sus alumnos volvieran a sus casas con los pies pringados de petróleo y contando que su estúpida profesora no había evitado que vieran el cadáver de un bello animal al que se comían las moscas.

Pensaba que la suya había sido una pésima idea y la atribuía a los perniciosos efectos que el viento del sur ejercía siempre sobre ella. Le dolía la cabeza y se sentía muy nerviosa e irritable. Había improvisado la excursión con la idea de disfrutar la radiante mañana fuera de las paredes del colegio del que era orgullosa propietaria y ella misma, en un gesto excepcional, había pagado los billetes de autobús. En mala hora.

Cuando las dos criaturas, que le habían desobedecido, como de costumbre, le dieron la nueva del hombre muerto sintió que el cielo se derrumbaba sobre su cabeza. A punto estuvo de abofetearles.

- Vosotros sois unos desobedientes y además unos mentirosos. ¡Como sea una bromita os vais a enterar!

Continuará.

16.5.06

Secuelas de un día de sol de primavera (XI)

No cabe concebir una resurrección -si ésta fuese imaginable- más desagradable que la que experimentó Javier. Brutalmente arrancado de su muerte virtual por los terribles gritos, abrió los ojos sin lograr ver nada. Creyó que la pesadilla continuaba hasta que palpó la camisa sobre su cara. Al despojarse de ella, deslumbrado por el sol, entrevió lo que le pareció una gorgona monstruosa, de cuya boca gigantesca salían incesantes injurias con un tono y un volumen insoportables.

La fuente de los improperios era en realidad una mujer considerablemente obesa, tanto que su contorno parecía circular.

Cuando al fin comprendió la situación, Javier se cubrió inmediatamente las partes con la camisa y se incorporó.

- Pero señora, ¿qué está usted diciendo? Yo estaba aquí tomando el sol y me he quedado dormido. No pretendía ofender a nadie.

- Usted es un degenerado, un, un, un ... -buscaba la palabra- exhibicionista repugnante...

Cuando Javier se puso en pie la mujer pareció súbitamente desconcertada. Acaso por temor a ser agredida, enmudeció y retrocedió.

Él creyó que el incidente había concluido. Mientras se ponía los pantalones a toda prisa, ella se encaminaba, avanzando trabajosamente sobre la arena seca, hacia un grupo de niños y niñas de unos seis años que se hallaba aproximadamente a 50 metros.

Javier se dirigió tan velozmente como pudo hacia la salida de la playa, con los zapatos en la mano y la camisa sin abotonar. Cuando estaba a punto de llegar oyó algo que le heló la sangre:

- Estrella, dame el móvil de mi bolso, que voy a llamar a la policía.

Iniciaba ya la ascensión entre las rocas, apartándose de la playa, cuando lo que escuchó fue algo más reconfortante:

- ¡Maldita sea, no hay cobertura! ¡A ver, niños, quién tiene un teléfono con cobertura! ¡Rápido!

Continuará.

13.5.06

Secuelas de un día de sol de primavera (X)

Una súbita lasitud se apoderó a poco de él. Como si todos sus músculos se hubieran relajado simultáneamente y sus terminales nerviosas estuvieran adormecidas, experimentó una agradable sensación de ingravidez. Cual si flotase en el líquido amniótico del seno materno, se mecía lentamente entre una luz difusa.

De repente todo cambió. Primero con lentitud y luego con progresivo vértigo, se sintió caer en una oscuridad creciente que pronto fue el negro total. Aquella experiencia le pareció eterna y se sintió angustiado. Se dijo que era una pesadilla, se esforzó en despertar, pero era inútil.

Finalmente, lo que había sido un descenso vertiginoso y una oscuridad aterradora se invirtió de modo inopinado y gratificante. Ascendía e iba pasando por todos los matices del negro al gris hacia un blanco absoluto.

Al cabo se vio a sí mismo, vio su desnudo cuerpo desde la altura, abandonado en la playa, sin vida, y su angustia se tornó desesperación. Se iba alejando lentamente hacia arriba y no podía hacer nada para volver a habitar aquel patético cadáver.

Muy a lo lejos le pareció oir horribles gritos que no tardaron en adquirir una atroz proximidad. Pensó que iba a ingresar en el infierno. Como ladridos emitidos dentro de sus oídos, los gritos se hicieron insoportables.

- ¡Cerdo, pervertido, guarro! ¡Vístase inmediatamente, degenerado! ¡Qué vergüenza, delante de estas criaturas inocentes! ¡Le digo que se vista, asqueroso!

Continuará.

11.5.06

Secuelas de un día de sol de primavera (IX)

No llegó al final de la playa. El agotamiento se apoderó de él al cabo de unos minutos y decidió abandonar la orilla para poder descansar en algún lugar seco. Se sentó sobre una roca y permaneció un rato contemplando el magnífico paisaje mientras recuperaba el aliento. Luego encendió un cigarrillo y consideró la posibilidad de encontrar un camino de regreso menos fatigoso que el que había empleado para la ida.

Casi pegado al farallón, caminó lentamente. Se dijo que debía tener un aspecto singular, probablemente ridículo, con las perneras al nivel de las rodillas, los zapatos en una mano y un cigarrillo en la otra.

Poco después volvió a sentarse, esta vez en una roca dentro de un recodo formado por salientes del farallón. Desde allí sólo podía ver una pequeña porción de la playa. Se le ocurrió que podría desnudarse y tumbarse a tomar el sol. El lugar semejaba una habitación al abrigo de toda mirada indiscreta. Se asomó a la playa y miró en todas direcciones para cerciorarse de que no había nadie. A continuación volvió la vista hacia lo alto de la pared rocosa. Había un saliente al que era muy improbable que nadie osase asomarse.

Se desnudó parsimoniosamente y dobló su pantalón y su camisa para formar una almohada. Luego se acostó boca arriba. La arena estaba caliente, pero aún era mayor el calor que irradiaba el sol. Javier pensó que no podría quedarse mucho tiempo en esa posición sin riesgo de que la piel se le quemase, especialmente en sus partes, vírgenes hasta entonces de tal agresión.

Le invadió una sensación sumamente placentera, pero el sol le deslumbraba incluso con los ojos cerrados y lagrimeaba. Extrajo la camisa de debajo de su cabeza y se la puso sobre la cara. Suspiró con satisfacción. Mucho mejor así.

Continuará.

10.5.06

Secuelas de un día de sol de primavera (VIII)

No tardó en descubrir que su curiosidad tenía un elevado coste. No sólo era muy fatigoso andar sobre la arena seca, especialmente para él, que ya estaba muy cansado. Constató también que lo que las mareas de mayor coeficiente habían dejado en la parte más elevada de la playa podía resultar muy desagradable. El cadáver de un setter irlandés, hinchado y acosado por las moscas pero con su rojo pelaje aún intacto, le conturbó apenas se hubo internado unos pocos metros en el arenal.

Decidió de inmediato caminar por la orilla, donde la arena era más firme. Hundió sus pies en el agua, helada pese al calor exterior, y experimentó un placer casi doloroso en el frescor agresivo y en el batir moderado pero constante de las olas. Por alguna razón que seguramente sólo estaba en su memoria se sintió súbitamente feliz, como un niño en su inocencia más remota y cierta. Aunque prudentemente se había arremangado las perneras, no tardó en chapotear gozosamente y patear las olas con una rara sensación de libertad y vitalidad. Era inmensamente feliz, como de regreso a alguna vivencia primitiva o a algún sueño reiterativo de libertad y unión con la naturaleza.

Le dieron ganas de desnudarse y tirarse al agua, de entregarse al helado abrazo del mar bajo un cielo tan azul y un sol tan hiriente y luminoso, pero controló la sensación inefable de plenitud y ebriedad que le había invadido. Decidió continuar hasta el final de la playa la danza infantil de chapoteo y pateo del agua. Incluso cantó a gritos una canción que ni siquiera era consciente de recordar:

Libre, como el sol cuando amanece
yo soy libre, como el mar.
Como el ave que escapó de su prisión
y puede al fin volar.

Esa era la sensación que experimentaba por primera vez en muchos años, la de una libertad primitiva y esencial en contacto íntimo y secreto con lo que es más esencialmente libre, anárquico, impredecible y con frecuencia cruel: la naturaleza.

Continuará.

8.5.06

Secuelas de un día de sol de primavera (VII)

El mar estaba singularmente tranquilo y aquí y allá, en la vecindad de la costa, se veían pequeñas embarcaciones de pescadores. Más lejos, dentro del arco de 180 grados que desde la peña se dominaba, transitaban barcos de diversas clases y diferente bordo. La mirada de Javier se detuvo especialmente en una nave que, más en lontananza, parecía detenida. Su aspecto inducía a dudar de su navegabilidad. Parecía un edificio alzado en el océano, un espejismo. Javier recordó haber asistido a la entrada de uno de aquellos monstruos en la bahía. Llevaba contenedores hasta la altura del puente de mando y constituía un curioso espectáculo contemplarlo parcialmente en su lenta marcha desde la perspectiva limitada de las calles que descendían hacia el puerto.

Se puso en pie y lanzó al abismo el cigarrillo, que había apurado casi hasta el filtro. El estrecho sendero estaba casi borrado. Seguramente nadie lo había transitado durante el otoño y el invierno pasados. En algunos lugares había charcos y en otros el barro era disfrazado por la presencia de la hierba. Caminaba con cuidado, mirando dónde ponía el pie, y se detenía de vez en cuando a contemplar el paisaje, tanto hacia la costa como tierra adentro. Eso le permitía recobrar el aliento.

El camino discurría con leves subidas y bajadas, internándose con frecuencia en zonas rocosas. Luego descendía, tortuoso y demorado, hacia una playa que sólo era posible ver cuando se estaba muy próximo a ella. Había una pequeña ensenada bordeada por altos farallones y la zona de arenal tenía una extensión de unos trescientos metros y forma semicircular. Grandes rocas que salían del farallón formaban cavidades y delimitaban espacios sin llegar al mar, como si la playa se subdividiera para mayor intimidad de quienes la visitasen.

Javier decidió descalzarse e internarse en la arena. El límite alcanzado por la marea estaba marcado por una variedad de cosas de todo tipo, tamaño y color, desde troncos de árbol a botellas de plástico o cristal. Una incitación irresistible para su curiosidad.

Continuará.

6.5.06

Secuelas de un día de sol de primavera (VI)

Cuando salió del local se dirigió al coche, donde dejó el chaquetón de cuero y el jersey. Había optado por comprar una botella de agua de las medianas, de plástico transparente, y se resignó a llevarla en la mano durante su excursión, bebiendo de ella mientras se mantuviese fría. Ni siquiera se planteó preguntar en el chiringuito si podría comer. Era evidente que no. Seguramente no tenían ni pan.

Sabía que no tardaría en sudar. El bar se hallaba a unos pocos metros de altura sobre la playa, pero la costa se elevaba considerablemente hacia el oeste, en la dirección que quería seguir, hasta parecer una colina cortada a pico sobre el mar. Lo que le esperaba era una ascensión nada leve para sus desentonadas piernas y su aliento de fumador impenitente.

Subió despacio y a un ritmo constante, serpeando cuando debía enfrentar algún repecho especialmente inclinado. Se sentía satisfecho, casi orgulloso, de su iniciativa e incluso se planteó repetirla cada semana. La creciente cargazón de sus músculos y la aceleración de su jadeo le confirmaban en la idea que estaba haciendo algo sano y útil, que debía practicar con mayor frecuencia a pesar de su aparente inutilidad.

Cuando llegó a la cima y avistó la costa y el mar abierto en toda su extensión sintió una especie de exaltación inédita y decidió saborearla con calma. Se sentó en una peña, estiró las piernas y se extasió ante el panorama.

A poco encendió un cigarrillo. Consciente de que nadie podía escucharle se discurseó a sí mismo:

- Eres un gilipollas incurable por seguir esclavizado al puñetero tabaco. Parece mentira. Tu que te tienes por tan voluntarioso y tan firme. En fin –concluyó-, algún día conseguiré dejarlo.

- Sí, cuando te mueras de cáncer, se respondió sonriendo ante su propio sarcasmo.

Continuará.