El galardón al libro mejor editado en 2013, concedido por el Gobierno de Cantabria, ha correspondido a ‘Ediciones El Desvelo’ por ‘Olivier o el secreto’, de Claire de Duras. Ignoro los criterios utilizados, pero quiero pensar que, además de sopesar la realización material del libro –siempre impecable, cuando se trata de ‘El Desvelo’-, el contenido, del que soy en gran medida responsable, ha tenido algo que ver. Más allá del valor de la traducción, que no presentó apenas problemas, si excluimos algunos arcaísmos y referencias propias de la época (principios del S.XIX), me siento especialmente satisfecho del trabajo de investigación y documentación realizado, que se materializa en el prólogo, el epílogo y las notas del libro, muy convenientes para comprender al personaje principal de la obra (la condesa de Nangis) y el azaroso momento histórico que vivió su autora.
En fin, que me siento también premiado, junto al editor, Javier Fernández Rubio, y al ilustrador, Javier Jubera. Creo que hicimos un buen trabajo y es agradable que se reconozca.
El premio fue decidido el pasado 12 de dieiembre, pero hasta hoy no lo hemos conocido. Cosas que pasan.
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8.1.15
14.2.14
'Olivier o el Secreto', revisitado
Soy reacio a volver sobre lo escrito, pero mi labor como traductor, prologista y demás de 'Olivier o el secreto', obra de la aristócrata francesa Claire de Duras (El Desvelo, Noviembre 2013) me ha dejado una cierta carga de interés y curiosidad por su singular autora y su no menos singular argumento. Así he hallado el texto que he traducido y reproduzco a continuación, que forma parte de la obra colectiva 'Altered Narratives Vol I: Female Eighteenth-Century French Authors Reinterpreted' (Mestengo Press, The University of Western Ontario). Dada su extensión, ésta es sólo una primera entrega.
Su autora, Lauren Catherine Pinzka, estudió en la Universidad de Indiana y fue (o es todavía) lectora de francés en la Universidad Yale. Su estudio, centrado en el Olivier de Duras y en la Armance de Stendhal, que tomó 'prestado' el argumento, profundiza en los diversos modos y matices con que ambos autores tratan la misma historia, dando por sentado que tanto el Olivier de Duras como el Octave de Stendhal eran víctimas de impotencia sexual, lo cual, como apunté en el epílogo de la obra, no es la única probabilidad. Es más: a posteriori he llegado a pensar que las extrañas actitudes y reacciones del personaje, así como su suicidio, podrían encontrar una explicación más convincente en la existencia de un transtorno bipolar, afección que estaba muy lejos de ser catalogada a principios del S.XIX, cuando se desarrolla la historia.
Olivier, Armance, y lo indecible
Lauren Pinzka
Como sabe cualquiera que examine a fondo la literatura sobre 'Olivier' de Madame de Duras y 'Armance', de Stendhal, el principal interés de ambas obras para los lectores modernos es que la más famosa de las obras de Stendhal está basada en el relato epistolario de Duras y que ambas giran en torno a un secreto que no puede ser revelado. Son novelas policiacas sin el catártico momento de la resolución. Françoise Gaillard escribe que 'Armance' transgrede el requerimiento para el cierre del texto clásico, sus leyes de legibilidad. Lo mismo puede decirse de 'Olivier'. Aunque yo emplearé el secreto como tema central de ambas obras, mi pregunta principal, siguiendo el excelente capítulo de Margaret WaIler sobre las dos novelas en 'The Male Malady: Fictions of Impotence in the French Romantic Novel', será ¿tiene un escritor masculino un enfoque diferente de uno femenino en el tratamiento de un tema literario? En particular, trataré de la comunicación o su falta en ambas obras, y con mayor importancia los modos diferentes en que Duras y Stendhal sitúan el secreto de su héroe en el contexto del incesto. Ellos eligen en un caso el lazo madre-hijo y en otro la relación hermano-hermana con consecuencias diferentes. Uno sitúa el problema en lo individual y el otro en lo relacional. .
El problema de comparar intencionadamente las versiones de un hombre y una mujer sobre una historia está cargado de dificultad, pues ciertamente cualquiera de los autores trataría un determinado tema literario de forma diferente y sería absurdo establecer una causalidad basada en el sexo del autor, tanto como lo sería negar las diferencias de educación entre hombres y mujeres en el siglo XIX, su posición en la sociedad y la libertad de la que disfrutaron. Aquellas diferencias han conducido a lo que Naomi Schor denomina "the gendering of aesthetic categories" (3), mediante la cual alude al hecho de que hombres y mujeres gravitaron frecuentemente (más que hoy, pues sus roles se han hecho menos circunscritos) hacia diferentes formas de expresión literaria a causa de los precedenters, los prejuicios y el entorno. La complicada peripecia que condujo de la primera novela, titulada Olivier, a la segunda edición de Armance cuenta la historia del intento de escribir de muchas mujeres, ya que es la de una apropiación masculina y una humillación. De hecho, Olivier, de autoría femenina, ha quedado en nuestro canon literario sólo a través de la inclusión de Armance, de autoría masculina. Schor apunta en su reciente trabajo sobre George Sand que la un día ilustre y luego olvidada escritora, de modo semejante, permaneció en el canon sólo indirectamente a través de la obra de Flaubert Un coeur simple, escrita para ella (186).
En el caso de Duras y Stendhal no estaba en juego tal devoción . En su lugar tenemos una historia de imitación y vergüenza. Existen, de hecho, tres novelas basadas en una historia similar, ya que también existe otro texto titulado Olivier, aunque ha motivado escaso interés literario. Duras escribió la última de sus novelas entre 1821 y 1822. Aunque sólo fue publicada póstumamente, la duquesa hizo su lectura ante los asiduos a su salón. Muchos críticos creen que los acontecimientos que siguieron a esa lectura le condujeron a abandonar la escritura totalmente (Wailer, 119). Un escritor sin escrúplos llamado Henri de Latouche había oído acerca de la novela de Duras y, decidido a beneficiarse de su escandalosa reputación, publicó su propia versión de Olivier y la atribuyó a Mme de Duras mediante la copia de detalles distintivos de las novelas publicadas anteriormente por la aristócrata y reforzando dicha autoría en la publicación Mercure du XIXe siecle, de la que era colaborador (Lebegue, xxvi).
Aunque Duras la había leído a sus amigos, era embarazoso para una duquesa publicar esa novela a causa de la naturaleza secreta de la impotencia masculina. Latouche insistió en negar su autoría y finalmente admitió que la duquesa tampoco era la autora, lo que no le impidió realizar una segunda edición, aprovechando el nuevo secreto: la identidad del autor. Stendhal, relacionado con Latouche, hizo un comentario muy favorable del libro en el New Monthly Magazine en Febrero de 1826, y juró que Duras era la autora. De hecho la controversia acerca de la auténtica autoría del segundo Olivier no fue aclarada hasta mediado el siglo XX, cuando su manuscrito fue hallado en el castillo de Chastellux junto a otra versión manuscrita, ligeramente enmendada. Mientras tanto, Stendhal, famoso para nosotros por sus muchas acciones de apropiación y plagio categórico, decidió escribir su propia versión de la historia y produjo Armance en el mismo años, 1826 (Lebegue, xxiv-xi), demasiado tarde para beneficiarse de la notoriedad de la versión anterior. Su novela no consiguió el favor del público por su enigmática naturaleza. Él entonces aseguró que Olivier (11) no era obra de Mme de Duras, que murió poco después a causa de una misteriosa enfermedad. Decidió publicar una segunda edición en 1828, con la esperanza de beneficiarse de la publicidad que rodeó a la muerte de la duquesa. Esta vez, escribió un artículo en el New Monthly Magazine admitiendo ser el autor de la anónima y fracasada Armance, que, ahorá sí, firmó con su propio alias, pese a su escabroso tema. Aunque aseguró haber mejorado su novela, meramente cambió la fecha en el título e hizo unos pocos cambios cosméticos. La segunda edición no corrió mejor suerte que la primera. Por las fechas de su muerte, Armance estaba tan olvidada como Olivier (Lebegue, lxIxii).
(Continuará)
Nota: Las citas y la bibliografía acompañarán a la última entrega.
Su autora, Lauren Catherine Pinzka, estudió en la Universidad de Indiana y fue (o es todavía) lectora de francés en la Universidad Yale. Su estudio, centrado en el Olivier de Duras y en la Armance de Stendhal, que tomó 'prestado' el argumento, profundiza en los diversos modos y matices con que ambos autores tratan la misma historia, dando por sentado que tanto el Olivier de Duras como el Octave de Stendhal eran víctimas de impotencia sexual, lo cual, como apunté en el epílogo de la obra, no es la única probabilidad. Es más: a posteriori he llegado a pensar que las extrañas actitudes y reacciones del personaje, así como su suicidio, podrían encontrar una explicación más convincente en la existencia de un transtorno bipolar, afección que estaba muy lejos de ser catalogada a principios del S.XIX, cuando se desarrolla la historia.
Olivier, Armance, y lo indecible
Lauren Pinzka
Como sabe cualquiera que examine a fondo la literatura sobre 'Olivier' de Madame de Duras y 'Armance', de Stendhal, el principal interés de ambas obras para los lectores modernos es que la más famosa de las obras de Stendhal está basada en el relato epistolario de Duras y que ambas giran en torno a un secreto que no puede ser revelado. Son novelas policiacas sin el catártico momento de la resolución. Françoise Gaillard escribe que 'Armance' transgrede el requerimiento para el cierre del texto clásico, sus leyes de legibilidad. Lo mismo puede decirse de 'Olivier'. Aunque yo emplearé el secreto como tema central de ambas obras, mi pregunta principal, siguiendo el excelente capítulo de Margaret WaIler sobre las dos novelas en 'The Male Malady: Fictions of Impotence in the French Romantic Novel', será ¿tiene un escritor masculino un enfoque diferente de uno femenino en el tratamiento de un tema literario? En particular, trataré de la comunicación o su falta en ambas obras, y con mayor importancia los modos diferentes en que Duras y Stendhal sitúan el secreto de su héroe en el contexto del incesto. Ellos eligen en un caso el lazo madre-hijo y en otro la relación hermano-hermana con consecuencias diferentes. Uno sitúa el problema en lo individual y el otro en lo relacional. .
El problema de comparar intencionadamente las versiones de un hombre y una mujer sobre una historia está cargado de dificultad, pues ciertamente cualquiera de los autores trataría un determinado tema literario de forma diferente y sería absurdo establecer una causalidad basada en el sexo del autor, tanto como lo sería negar las diferencias de educación entre hombres y mujeres en el siglo XIX, su posición en la sociedad y la libertad de la que disfrutaron. Aquellas diferencias han conducido a lo que Naomi Schor denomina "the gendering of aesthetic categories" (3), mediante la cual alude al hecho de que hombres y mujeres gravitaron frecuentemente (más que hoy, pues sus roles se han hecho menos circunscritos) hacia diferentes formas de expresión literaria a causa de los precedenters, los prejuicios y el entorno. La complicada peripecia que condujo de la primera novela, titulada Olivier, a la segunda edición de Armance cuenta la historia del intento de escribir de muchas mujeres, ya que es la de una apropiación masculina y una humillación. De hecho, Olivier, de autoría femenina, ha quedado en nuestro canon literario sólo a través de la inclusión de Armance, de autoría masculina. Schor apunta en su reciente trabajo sobre George Sand que la un día ilustre y luego olvidada escritora, de modo semejante, permaneció en el canon sólo indirectamente a través de la obra de Flaubert Un coeur simple, escrita para ella (186).
En el caso de Duras y Stendhal no estaba en juego tal devoción . En su lugar tenemos una historia de imitación y vergüenza. Existen, de hecho, tres novelas basadas en una historia similar, ya que también existe otro texto titulado Olivier, aunque ha motivado escaso interés literario. Duras escribió la última de sus novelas entre 1821 y 1822. Aunque sólo fue publicada póstumamente, la duquesa hizo su lectura ante los asiduos a su salón. Muchos críticos creen que los acontecimientos que siguieron a esa lectura le condujeron a abandonar la escritura totalmente (Wailer, 119). Un escritor sin escrúplos llamado Henri de Latouche había oído acerca de la novela de Duras y, decidido a beneficiarse de su escandalosa reputación, publicó su propia versión de Olivier y la atribuyó a Mme de Duras mediante la copia de detalles distintivos de las novelas publicadas anteriormente por la aristócrata y reforzando dicha autoría en la publicación Mercure du XIXe siecle, de la que era colaborador (Lebegue, xxvi).
Aunque Duras la había leído a sus amigos, era embarazoso para una duquesa publicar esa novela a causa de la naturaleza secreta de la impotencia masculina. Latouche insistió en negar su autoría y finalmente admitió que la duquesa tampoco era la autora, lo que no le impidió realizar una segunda edición, aprovechando el nuevo secreto: la identidad del autor. Stendhal, relacionado con Latouche, hizo un comentario muy favorable del libro en el New Monthly Magazine en Febrero de 1826, y juró que Duras era la autora. De hecho la controversia acerca de la auténtica autoría del segundo Olivier no fue aclarada hasta mediado el siglo XX, cuando su manuscrito fue hallado en el castillo de Chastellux junto a otra versión manuscrita, ligeramente enmendada. Mientras tanto, Stendhal, famoso para nosotros por sus muchas acciones de apropiación y plagio categórico, decidió escribir su propia versión de la historia y produjo Armance en el mismo años, 1826 (Lebegue, xxiv-xi), demasiado tarde para beneficiarse de la notoriedad de la versión anterior. Su novela no consiguió el favor del público por su enigmática naturaleza. Él entonces aseguró que Olivier (11) no era obra de Mme de Duras, que murió poco después a causa de una misteriosa enfermedad. Decidió publicar una segunda edición en 1828, con la esperanza de beneficiarse de la publicidad que rodeó a la muerte de la duquesa. Esta vez, escribió un artículo en el New Monthly Magazine admitiendo ser el autor de la anónima y fracasada Armance, que, ahorá sí, firmó con su propio alias, pese a su escabroso tema. Aunque aseguró haber mejorado su novela, meramente cambió la fecha en el título e hizo unos pocos cambios cosméticos. La segunda edición no corrió mejor suerte que la primera. Por las fechas de su muerte, Armance estaba tan olvidada como Olivier (Lebegue, lxIxii).
(Continuará)
Nota: Las citas y la bibliografía acompañarán a la última entrega.
5.12.13
Presentación de 'Olivier o el secreto', de Claire de Duras
Ayer presentamos en la
librería Gil el nuevo libro de Ediciones El Desvelo ‘Olivier o el secreto’,
novela epistolar de Claire de Duras (1777-1828), aristócrata francesa cuya
limitada producción permaneció durante un siglo y medio en el olvido, del que
ha sido rescatada en las últimas décadas tras una relectura a la luz de la
modernidad que la descubre como una mujer adelantada a su tiempo. A última hora
decidí prescindir en mi intervención del primer párrafo y de la introducción musical que aquí
recupero. Seguramente hice lo correcto, pero me habría gustado, por una vez,
romper la rutina ritual que caracteriza a este tipo de actos culturales,
demasiado codificados y envarados para mi gusto. Otra vez será… O no.
La música lleva a la letra;
ésta conduce a la literatura y en este caso también al cine, y Marguerite Duras
dirige finalmente, vía Google, a Claire de Duras. Así, por mediación del azar,
puede sintetizarse mi proceso de descubrimiento de la escritora
aristócrata de cuya obra vamos a hablar. Comenzó investigando acerca de esta
canción, ‘India song’, cantada por la actriz Jeanne Moreau. Así pude descubrir
que la música es del compositor franco-argentino Carlos D’Alessio,
autor-fetiche para Marguerite Duras que creó la banda musical de prácticamente
todos los filmes de la escritora y cineasta francesa. Fue ella misma quien puso
letra a la bella y nostálgica música que D’Alessio compuso para su película del
mismo título, con la idea de que su gran amiga Jeanne la grabase, como
efectivamente hizo.
Hasta el hallazgo fortuito
de Claire de Duras yo desconocía totalmente su existencia. Lo que leí acerca de
ella me pareció muy interesante, teniendo en cuenta que se trataba de una
aristócrata escritora de principios del S.XIX cuyos temas tenían la
singularidad de interesarse en los mundos
de los otros hasta sumergirse en ellos, en la alteridad de quienes, por su
raza, su clase o su condición, eran discriminados y veían radicalmente frustradas
sus expectativas. Sus novelas habían sido infravaloradas e ignoradas durante un
siglo y medio bajo la etiqueta banalizante de “historias de amores imposibles”
hasta que, en los años 70, una relectura desde la modernidad percibe los
mensajes no explícitos que contienen sus textos, su cuestionamiento de la
realidad a la luz de un espíritu nuevo, el que alumbró la Ilustración.
Tal actitud no es tan paradójica
como puede parecer, pues, aunque aristócrata, Claire de Duras era liberal,
partidaria de que la autoridad absoluta del Rey decayese en favor de un
parlamento democrático que pusiera fin a los excesos absolutistas. Esa fue
también la tendencia de su padre, el conde de Kersaint, diputado girondino en
la Asamblea Nacional que, pese a su moderación o mejor, a causa de ella, fue
guillotinado en 1793, durante el periodo llamado del terror, por oponerse a la
ejecución del Rey. Con sólo 16 años, Claire se verá forzada a actuar como una
mujer adulta y fuerte al emprender, junto a su madre, enferma y trastornada, un
viaje que conducirá a ambas primero a Filadelfia, luego a Martinica o Haití (no
está bien documentado ese punto), más tarde a Suiza y finalmente a Londres,
donde se concentraba gran parte del exilio aristocrático francés. El fruto de
esa peripecia fue convertir en una importante cantidad de dinero las posesiones
coloniales de su madre.
En Londres Claire conoce y
se enamora del heredero del ducado de Duras; y subrayo que se enamora, hecho
infrecuente en los matrimonios aristocráticos de la época. No así el futuro
duque, que vio en ella, antes que cualquier otra cosa, una fuente de financiación
muy conveniente, dado que el exilio le había condenado, como a tantos
aristócratas, a asumir carencias que consideraba insoportables. La idea de un
amor idealizado y pasional, que Claire acariciaba, se ve así confrontada finalmente
con la realidad de una relación distante y casi protocolaria, que ella asume
muy a su pesar.
El tiempo pasa lentamente
durante el exilio en Londres, que se prolonga hasta 1803. Claire educa a sus
dos hijas y se relaciona con los aristócratas exiliados, mientras su marido conspira
junto al Rey y sus fieles para lograr la restauración monárquica, lo que
conlleva numerosos viajes. Finalmente, en 1799 será Napoleón Bonaparte quien
frustre tales expectativas mediante un golpe de estado que le convertirá en
cónsul de la República, cónsul vitalicio poco después y finalmente, en 1804,
emperador. Pese a todo, los aristócratas huidos del terror revolucionario
pueden ir regresando y recuperando sus posesiones, con el compromiso
sobreentendido de que deben mantener una absoluta discreción política.
Cuando en 1814, desterrado
Napoleón en la isla mediterránea de Elba, se produce la Restauración, la
alegría de los monárquicos es efímera. Ante la relegación de su heredero,
Napoleón II, Bonaparte regresa a Francia y recupera lealtades mientras Luis
XVIII huye a Bélgica; el ejército apoya al emperador de modo casi unánime
durante los cien días que concluirán con la derrota de Waterloo. Luis XVIII
hace entonces su segunda y vergonzante ‘entrada triunfal’ en París, pero
gobernará un país dividido no sólo entre republicanos, bonapartistas y monárquicos,
pues éstos, a su vez, se subdividen en ‘ultras’ absolutistas y moderados
parlamentaristas.
El retorno a Francia del
duque y su familia, instado durante el imperio bonapartista por el propio Rey
en el exilio, tuvo un carácter semiclandestino y seguramente su objetivo era sondear
y comprometer las voluntades a favor de Luis XVIII. Aunque esa época de los
Duras está escasamente documentada sí existe noticia de que el inicio de su
estancia en Francia lo pasaron en el sur del país, lejos de París, y que se
beneficiaron de la hospitalidad del marqués de Puységur, uno de los pocos
aristócratas que no conoció ni la guillotina ni el exilio en mérito a su
bondadoso trato con la población de su feudo.
Tras la Restauración, el
marido de Claire, primer gentilhombre de cámara de Luis XVIII y persona de su
confianza, es cargado de responsabilidades
y honores –incluido un inexplicable ingreso en la Academia Francesa-, y
su esposa recibe de él el encargo de sostener un salón que, primero en el
palacio de las Tullerías y más tarde en su residencia del Faubourg
Saint-Germain, se convertirá en el principal de París. Por él pasarán, con
mayor o menor asiduidad políticos como Talleyrand o Villéle, escritores como
Chateaubriand, Lamartine o Constant y sabios reconocidos de la época como
Humboldt, Arago o Cuvier.
Claire siente una apasionada
admiración –y quizás algo más- por el vizconde de Chateaubriand, al que conoce
desde antes de la Restauración. En sus cartas se tratan de ‘hermana’ y
’hermano’, pero por parte del autor de ‘Atalá’ tal fraternidad responde sobre
todo a su ambición política. Quiere la embajada de Londres y no cesará de urgir
la influencia de la duquesa hasta conseguir su propósito. Luego surgirá un
alejamiento progresivo que provocará amargos reproches epistolares por parte de
Claire de Duras, quien le califica de “tiránico niño mimado”, a lo que él le responde
con el apóstrofe de ‘gruñona’.
El vizconde, idolatrado por
las mujeres de su tiempo, es un seductor infatigable, pero prefiere a otras
damas, nobles o no, a la devota duquesa. Con el tiempo deserta casi totalmente
de su salón para brillar y obtener provecho personal en otros, y tal desvío
hiere profundamente a Claire. He aquí el expresivo texto de una carta que le
remite: “Cuando siento tanta sinceridad, tanta
abnegación en mi corazón por usted, que pienso que desde hace quince años prefiero lo que
es usted a lo que soy yo, que sus intereses y sus asuntos prevalecen sobre los
míos, y eso muy naturalmente, sin que yo tenga el menor mérito, y pienso que usted no haría el más ligero sacrificio por mí, me indigno contra
mí misma por mi locura”.
La decepción que le producen
la indiferencia y el desagradecimiento de Chateaubriand se suma así a la
herida, ya vieja pero permanente, que le infligen el abandono y las
infidelidades de su marido. Pero aún hay una ‘traición’ más dolorosa, la que le
causa el matrimonio, contra su criterio, de su hija predilecta, Félicie, con un
noble ‘ultra’ de la belicosa región de La Vendée catorce años mayor que ella.
Claire se niega incluso a acompañar al duque a la boda tras fracasar en el
intento de que su hija renuncie a esa unión. Y de nuevo vuelca en una carta,
ésta dirigida a su amiga Rosalie Constant, su desolación: “Yo no sé – escribió – para qué he nacido, pero no es para la vida que llevo. No
recibo del mundo más que lo que no es él, cuando vuelvo sobre mí no concibo lo
que hago aquí, hasta tal punto me siento extranjera”.
Félicie
de Duras tenía el carácter fuerte y firme de su madre, pero sus convicciones
políticas ‘ultras’ estaban más próximas a las de su padre, al que además superaba
en exaltación. Claire de Duras había intentado rectificar sus inclinaciones,
pero su fracaso fue tan total como doloroso. Lo que sigue es un retrato de
Félicie a cargo de la condesa de Boigne, que da cuenta de la magnitud del
problema que constituía la hija mayor de la duquesa: “ella ha soñado
constantemente en la guerra civil como el complemento de la felicidad, y en su
preparación para ello, desde que fue dueña de sus actos, ha practicado la caza
con fusil, construido armas, disparado con pistola, amaestrado caballos y
montado a pelo; en fin, se ha ejercitado en todas las habilidades de un
subteniente de dragones, para gran desolación de su madre y para destrucción de
su belleza, que antes de cumplir veinte años había sucumbido a causa de ese
régimen de vida.”
A raíz del matrimonio de su
hija el mundo de Claire de Duras se derrumba por acumulación de frustraciones y
disgustos y, deprimida y enferma, se aleja de las rutinas cotidianas para
escribir. Así nacen en poco tiempo tres novelas cortas: ‘Ourika’, ‘Edouard’ y
‘Olivier o el secreto’, que en 2007 fueron reeditadas, en un solo volumen, por
Ediciones Gallimard, lo que prueba la vigencia y el interés que esta escritora
de principios del XIX suscita en nuestros días. Las tres obras fueron escritas
bajo el denominador común de lo que podríamos llamar, tomándolo prestado de la
propia autora, como el ‘síndrome de la pared de cristal’. Así lo describe la
duquesa en las primeras páginas de ‘Olivier o el secreto’: “Hay seres de los
cuales uno se siente separado como por esas paredes de cristal descritas en los
cuentos de hadas, nos vemos, nos
hablamos, nos acercamos, pero no podemos tocarnos”.
En ‘Ourika’ el muro
transparente es la raza. Su protagonista, senegalesa, fue regalada cuando era
un bebé a una dama de la alta sociedad, que la educó como a un miembro más de
la familia y depositó en ella su afecto. Llegada a la pubertad y enamorada del nieto
de la dama, empieza a sorprender conversaciones de los adultos que se inquietan
por su futuro y dudan de que haya una solución no traumática para ella. Su
mundo se rompe en mil pedazos al comprender lo que le espera. Acabará dejándose
morir en un convento mientras relata su singular experiencia al médico que la
atiende.
En el caso de ‘Edouard’ la
pared de cristal está en la diferencia de clase social, pero la clave no reside
en las diferencias económicas, sino de sangre. El protagonista, un gran burgués
al que no le falta de nada, se enamora de una joven aristócrata. Al ver
rechazadas sus pretensiones matrimoniales por la familia de ésta se alista para
ir a combatir en América, donde encuentra finalmente lo que buscaba: la muerte.
Los estudiosos de la obra de
Claire de Duras han establecido que se inspira normalmente en hechos y
personajes reales. Así ‘Ourika’ realmente habría sido ofrecida a Madame de
Beauveau por su sobrino, el caballero de Boufflers, gobernador de Senegal. El
argumento de ‘Edouard’ nace de un hecho aún más próximo a la autora. Fue su
propia hija menor, Clara, la pretendida por el hijo del ‘plebeyo’ Pierre-Vincent
Benoist, banquero y diplomático que en 1828 fue nombrado por el Rey ministro de
Estado, miembro de su consejo y además conde. La muerte impidió a la duquesa
conocer este sarcasmo último de la historia convulsa que le había tocado vivir.
Llegados a este punto, y
entrando finalmente de lleno en el tema de la novela que hoy presentamos, cabe preguntarse
qué personaje real se oculta tras la identidad de Olivier, pero antes es
preciso decir que el escabroso argumento de la novela, cuya versión original
permaneció inédita hasta 1971, fue robado por otros escritores de la época.
Claire había comunicado a algunos frecuentadores de su salón que trabajaba en
una obra cuyo protagonista padecía impotencia sexual. Posteriormente les había
ido leyendo fragmentos, pero nunca se atrevió a publicar la que se cree que fue
su primera novela.
En 1823, sin embargo, sí
publica, anónimamente, ‘Ourika’, que se convierte en un gran éxito y sobrepasa
las fronteras de Francia, siendo equiparada por su acogida con ‘I promessi
sposi’ (Los novios) de Alessandro Manzoni, que por la misma época bate récords
en Europa. Ese éxito es envidiado y mal digerido por algunos escritores galos que
tratan de vivir de su profesión, como Stendhal, que critica en una publicación
literaria británica el ‘intrusismo’ aristocrático. Henri de Latouche, un
novelista y periodista bastante zascandil, aprovecha la situación para publicar
una novela calificada de licenciosa y titulada precisamente ‘Olivier’. En su
propósito de confundir incluso copia las características peculiares de la
portada de ‘Ourika’, en la que se incluye que los beneficios de la edición
serán destinados a fines benéficos.
Dado que en los mentideros
parisinos era sabida la existencia de la novela inédita de Claire de Duras del
mismo título, el escándalo estalla y Latouche tendrá que hacer pública una
declaración en la que miente reiteradamente al negar que sea él el autor, afirmar
que conoce al autor, y asegurar que éste no es la duquesa de Duras.
Pero no termina ahí la
singular peripecia de un ‘Olivier’ al que su autora había apartado
pudorosamente de la luz pública. En 1827, un año después de la lamentable
intentona de Latouche, es el propio Stendhal quien toma prestado al personaje
para su primera novela. Incluso pensó titularla también ‘Olivier’, pero
renunció a ello por consejo de su amigo Prosper de Merimée, si bien el
protagonista conservó la ‘O” inicial (Octavio, en lugar de Olivier). Esa
novela, titulada ‘Armance’, nombre de la figura femenina damnificada, fue
considerada como la más bella del autor de ‘Rojo y negro’ por parte de André
Gide, Nobel de Literatura en 1947.
Cuando finalmente el
‘Olivier’ genuino, el escrito por Claire de Duras, ve la luz pública en 1971,
editado por José Corti, muchos comentaristas, ignorantes de la ya remota
polémica, interpretan que quien se esconde tras la patética figura del
protagonista no es otro que Astolphe de Custine, un escritor aristócrata y
homosexual cuya madre estaba empeñada en casarle y finalmente lo consiguió, no
sin que antes su hijo rechazase, entre otros, el compromiso ya semipactado con Clara,
la hija menor de Claire de Duras. He ahí el nexo de proximidad con la autora
que se registra en sus otras dos novelas y que da una cierta verosimilitud a la
hipótesis más reciente.
Sin embargo no es Olivier el
protagonista principal de esta singular novela epistolar. De las 64 cartas que
la integran sólo nueve corresponden al desventurado, mientras son 39 las
firmadas por la condesa de Nangis y la mayoría de las restantes proceden de la
hermana de la condesa, ausente en Napoles, a la que ésta consulta y comunica
sus ilusiones y desalientos. Ciertamente, casi todas las misivas giran en torno
a su malhadado primo Olivier, quien, al igual que un enloquecido violín romántico, alterna
las notas más quejumbrosas con las más jubilosas en movimientos imprevisibles, y
condiciona los estados de ánimo, también extremos, de la protagonista real, la
condesa de Nangis..
¿Pero quién, qué personaje
real se oculta tras la novelesca condesa? La respuesta, a la vista del carácter
y de la biografía, así como de las circunstancias en las que nace esta, su
primera novela, ofrece pocas dudas: Louise, condesa de Nangis, no es otra que
Claire, duquesa de Duras. Como en una transferencia psicoanalítica la autora novel
vuelca sobre el papel su soledad afectiva, su fracaso vital, su atormentada
búsqueda del amor. Lo hace pasados los cuarenta años, edad que, en la época en
que vivió, era una frontera mucho más dramática para una mujer de lo que es
ahora, pero su personaje tiene veinte años menos, está lleno de pasión y
expectativa amorosa, y desnuda su alma en unas cartas casi siempre vehementes,
tanto si expresa esperanza como si es el abatimiento lo que le domina.
Por otra parte no es difícil
ver claramente en el conde de Nangis al propio duque de Duras, convenientemente
retocado. La primera carta del libro nos muestra a un marido que se declara al
límite de su paciencia por las exigencias de su mujer. “Es en las novelas y en
las tragedias –escribe- donde usted encontrará los caracteres que le gustan; a
mí no me gustan las ficciones, no soy novelesco”. El personaje real, que
contrajo matrimonio apenas un año después de la muerte de Claire, se permitió
en su día declarar que era un alivio, finalmente, desposar a una mujer dotada
con menos talento que él.
En cuanto a Olivier, más que
un personaje real o verosímil es un contradictorio paradigma, idealizado en
positivo en interés de la historia a relatar y teñido de misterio por la misma
razón, que se revela muy eficaz narrativamente por el ‘suspense’ que logra
crear. Es el amante imposible, el hombre elusivo que, por razón de su propio
interés o por cualquier otro impedimento o dificultad, frustra las expectativas
que previamente ha alimentado. El modelo real podría ser el propio duque de
Duras o, tal vez con mayor motivo, el seductor y calculador vizconde de Chateaubriand.
A fin de cuentas también la condesa de Nangis y Olivier, como la duquesa de
Duras y el escritor, se llamaban mutuamente ‘hermano’ y ‘hermana’.
Claire de Duras fue, sin
duda, una persona muy inteligente y de carácter vigoroso, pero al mismo tiempo
era una mujer apasionada y sensible, que se gobernaba en sus afectos por la
intuición y la incondicionalidad. Suya es la siguiente frase: “se conoce mejor
a alguien por los sentimientos que inspira, casi, que por sí mismo”.
Difícilmente se puede mejorar esta declaración de fe personal en lo instintivo.
Enérgica, pero bondadosa y generosa, nunca se movió por el cálculo interesado,
pero tal vez por eso mismo fue incapaz de imaginarlo en los demás y sufrió las
dolorosas consecuencias de su ingenuidad.
Su amiga la marquesa De La Tour
du Pin intenta en cierto momento, a través de una carta, hacerla despertar: “he
ahí cómo su corazón –le escribe- se confía a quienes no son dignos de usted,
que usted muestra completamente su corazón a quienes esconden cuidadosamente el
suyo o no le muestran más que lo que a usted le gusta encontrar, y hacen como
esos comerciantes que conocen el gusto de sus clientes y no despliegan más que
los tejidos que les agradan”.
Chateaubriand, en su
“Memorias de ultratumba”, hizo un encendido elogio de su defraudada 'hermana'
al escribir: “El calor del alma,
la nobleza del carácter, la elevación del espíritu, la generosidad del
sentimiento hacían de ella una mujer superior”. Y también entonó un ‘mea culpa’
aparentemente sincero por su propio
desvío. Así escribe: “Desde que he
perdido a esta persona tan generosa, con un alma tan noble, con un espíritu que
reunía algo de la fuerza del pensamiento de Mme. de Staël con la gracia del
talento de Mme. de Lafayette, no he cesado, llorándola, de reprocharme las
irregularidades con las que he podido afligir algunas veces a los corazones que
me eran devotos”.
Presumía
el vizconde seductor que las personas a las que citaba en sus memorias
participarían para siempre de la gloria que imaginaba para sí. El tiempo ha
querido, sin embargo, que Claire de Duras, que no alcanzó a leer los elogios
del ingrato, se muestre en el presente con mayor vigencia y despierte más
interés que su presunto maestro. Y lo consiguió ella sola, tan sola como le
dejaron aquellos a los que amaba.
26.11.13
'Olivier o el secreto', de Claire de Duras, a la venta en las librerías
El libro "Olivier o el secreto", de Claire de Duras, se halla desde ayer a la venta en las librerías (ver listado). Con este título, Ediciones El Desvelo, en su colección Malentendido, completa la difusión en castellano de las tres principales obras de la escritora aristócrata francesa, ya que con anterioridad habían sido publicadas en nuestra lengua 'Ourika' y 'Edouard' por otras editoriales.
En tanto que traductor de la novela y autor del prólogo, el epílogo y las notas que la acompañan, sería impropio que yo hiciera su elogio, pero creo que sí es imporante destacar la significación de su autora, olvidada durante un siglo y medio. Sólo a partir de los años 70 del pasado siglo una relectura de su corta producción literaria la redescubre como una mujer adelantada a su tiempo por su sentido de la 'alteridad' (aproximación e identificación con el 'otro', el marginado por su raza -'Ourika'-, clase -'Edouard'- o sexualidad -'Olivier o el secreto'-).
Claire de Duras, mantenedora de uno de los principales salones de París, fue una mujer fuerte y apasionada, cuya vida se forjó desde muy joven en la adversidad y que, pese a ser aristócrata, absorbió y adoptó el espíritu de la Ilustración en una Francia sacudida por fuertes convulsiones durante la época en la que le tocó vivir. Sin duda por ello, cuando tardiamente decidió escribir se interesó especialmente por 'la pared de cristal' que menciona en 'Olivier o el secreto': "nos vemos, nos hablamos, nos acercamos, pero no podemos tocarnos".
Fotografía: el formidable roble de Beauval, tótem simbólico en torno al cual se desarrolla la historia narrada en 'Olivier o el secrteto'.
En tanto que traductor de la novela y autor del prólogo, el epílogo y las notas que la acompañan, sería impropio que yo hiciera su elogio, pero creo que sí es imporante destacar la significación de su autora, olvidada durante un siglo y medio. Sólo a partir de los años 70 del pasado siglo una relectura de su corta producción literaria la redescubre como una mujer adelantada a su tiempo por su sentido de la 'alteridad' (aproximación e identificación con el 'otro', el marginado por su raza -'Ourika'-, clase -'Edouard'- o sexualidad -'Olivier o el secreto'-).
Claire de Duras, mantenedora de uno de los principales salones de París, fue una mujer fuerte y apasionada, cuya vida se forjó desde muy joven en la adversidad y que, pese a ser aristócrata, absorbió y adoptó el espíritu de la Ilustración en una Francia sacudida por fuertes convulsiones durante la época en la que le tocó vivir. Sin duda por ello, cuando tardiamente decidió escribir se interesó especialmente por 'la pared de cristal' que menciona en 'Olivier o el secreto': "nos vemos, nos hablamos, nos acercamos, pero no podemos tocarnos".
Fotografía: el formidable roble de Beauval, tótem simbólico en torno al cual se desarrolla la historia narrada en 'Olivier o el secrteto'.
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