Mostrando entradas con la etiqueta presentación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta presentación. Mostrar todas las entradas

22.3.11

Mis reflexiones en la presentación de 'Un fracaso ineludible...'


El gusto y la pasión por la escritura me habitan desde que tengo memoria y se asocian en el tiempo con mi interés apasionado por la lectura y mi inquietud por el conocimiento de la realidad. Los libros fueron para mí infancia, como para la de tantos, la primera aproximación verosímil a lo que estaba ahí fuera, en un mundo que, en tanto que niño, me estaba vedado conocer. El bien y el mal –en especial este último- tomaron cuerpo en los libros, a través de seres pérfidos como el Negoro de ‘Un capitán de quince años’ o el artero John Silver de ‘La isla del tesoro’ más que a través de paradigmas religiosos como Caín o Herodes, que en cierta medida me parecían incomprensibles en su crueldad.

La curiosidad y el gusto por escribir me conducirían más tarde, en la adolescencia, a definir mi vocación profesional como periodista. Nada parecía entonces más razonable ni más conveniente para satisfacer tanto el ansia de saber como el placer de escribir. Hoy, tras casi cuatro décadas de práctica del periodismo no recomendaría a nadie con una genuina vocación literaria tratar de realizarla o cimentarla a través de su experiencia laboral en un medio informativo. Sobre todo porque, aunque ahora se trate de rectificar parcialmente, la buena escritura fue largamente proscrita de la prosa periodística, supuestamente para salvaguardar la presunción de objetividad demandada por los lectores. El adjetivo y el adverbio fueron declarados sospechosos habituales y sólo cabe detectarlos –a veces en exceso- en los artículos de opinión y con menos frecuencia en dos géneros periodísticos largo tiempo preteridos: el reportaje y la crónica, ahora en vías de recuperación. No obstante, el periodismo sigue constituyendo un observatorio privilegiado para la observación de la realidad. Ante él y en él surcan situaciones y personajes capaces de saciar con creces la curiosidad a la que antes me refería y aportar material narrativo de primera calidad.

Más allá del hecho de que periodismo y literatura apenas tienen algo en común habría que añadir que además, en la práctica, son en gran medida mutuamente excluyentes. Ambos comparten la cualidad de ser muy absorbentes para quien los realiza, hasta el extremo de que es frecuente que el periodista escritor abandone el periodismo si está en sus manos hacerlo, limitando su contacto con él al esporádico artículo, o bien renuncie a su actividad literaria o la limite en mayor o menor grado. A lo largo de mi vida me he planteado cuatro proyectos de novela e incluso en algunos casos he avanzado hasta cuarenta folios para rendirme finalmente a la evidencia –seguramente muy subjetiva- de que no merecía la pena. En lugar de eso he escrito poemas, canciones e incontables textos en mis blogs, actividades todas ellas mucho más compatibles en tiempo y forma con la dedicación periodística.

Precisamente este libro de relatos nació en un blog, llamado ‘Desolaciones’, con la idea de ir avanzando lentamente en su redacción y publicación a través de pequeñas inserciones sucesivas que el propio concepto de blog y su estructura facilitan. Supongo que, por condicionamiento profesional de periodista, necesitaba ver publicado lo escrito para alentarme a continuar. En cualquier caso no era mi propósito que el contenido de ese blog fuese leído por otros, a excepción de algún amigo, y por ello carecía de enlaces y no fue dado de alta en los buscadores. Por otra parte, un blog no es el instrumento más adecuado para publicar relatos, dado su orden cronológico inverso. El título, ‘Desolaciones’, revela el propósito común de todos los relatos inicialmente previstos: incidir en los aspectos desolados y desoladores de la vida cotidiana de seres comunes y corrientes, nada excepcionales ni especialmente representativos.

El término ‘desolación’ pivota semánticamente sobre dos conceptos negativos: uno, el más común, es la tristeza; el otro, la devastación. Ambos están asociados, con diferente intensidad, en la concepción de las cinco historias que conforman ‘Un fracaso ineludible y otros relatos’. La soledad, la desesperanza, la extrañeza del mundo, la frustración y la impotencia frente a lo imprevisto e indeseable están ahí de un modo u otro y también, en todos los relatos, irrumpe la violencia o es evocado su efecto devastador.

Sin embargo el tema de los relatos no es la desolación; ésta existe o sobreviene a partir de pequeños incidentes, potencialmente irrelevantes, y envuelve a los protagonistas en una red de absurdos y de experiencias imprevistas e ingratas de la que pugnan por salir o que simplemente afrontan de un modo igualmente imprevisto e imprevisible en principio. La desolación, en fin, es más el clima o el escenario de los relatos que su motivo central. Por otro lado, el tema -si sólo hubiera uno-, tampoco es fácilmente simplificable. Se podría decir respecto a algunos de los relatos, que tratan de la violencia escolar, o del amor traicionado, o de la memoria histórica pero, sin que eso sea falso, resulta tan insuficiente que es inexacto.

Desconozco cómo abordan otros la concepción y la factura de sus relatos. En mi caso, los cinco que integran este libro surgen de la previa definición de otros tantos puntos de arranque o de inflexión de apariencia casi insignificante: el director de un instituto se duerme desnudo en una playa desierta, dos compañeros de estudios se encuentran después de más de cuarenta años sin verse, un hombre que vive solo descubre restos de ceniza de un puro en su lavabo, una pareja halla en la casa deshabitada heredada por uno de ellos la carta de ruptura de una amante de su tío abuelo… A partir de esos puntos o en torno a ellos mis relatos se han ido haciendo sin que yo supiera, en la mayoría de los casos, hacia dónde se dirigían ni cómo iban a evolucionar los hechos y los personajes hasta que avanzaba en su desarrollo.

A propósito de sus propios relatos el potentísimo y admirable narrador que fue Julio Cortázar escribió que “la gran mayoría fueron escritos al margen de mi voluntad, por encima o por debajo de mi consciencia razonante, como si yo –decía- no fuera más que un médium por el cual pasaba y se manifestaba una fuerza ajena”. Modestamente, sin llegar a la mágica y envidiable experiencia del maestro, la mía se le parece en que, de manera consciente, me he negado a definir previamente el rumbo de la historia o su conclusión. Incluso los personajes, que se van perfilando en función de lo que les sucede, eran inicialmente sombras indefinidas, forzadas por las circunstancias a manifestar en algún momento de la narración su humanidad esencial. En su obra ‘Seis personajes en busca de autor’ Luigi Pirandello crea una ficción teatral sorprendente y muy estimulante, en la que esos seis personajes irrumpen en el escenario e interrumpen el desarrollo de una representación en demanda de que se les dé vida. Al explicar su obra Pirandello asume que eran “criaturas de mi espíritu”, pero que “esos seis estaban ya viviendo una vida que era de ellos y no mía, una vida que no estaba en mi poder negarles”.

Sería una simplificación imperdonable concluir que la creación literaria se limita a actuar como mediadora entre las criaturas que ya existen en nuestra mente y el papel en blanco, pero seguramente algo hay de eso en mi caso. Deliberadamente he permitido que los personajes y las circunstancias evolucionen y se manifiesten a partir de su confrontación con unos pequeños hechos que en tanto que son puntos de partida o de inflexión podrían provocar cierta variedad de reacciones y consecuencias en función de quién sea y cómo sea quien los experimenta. La desolación, en suma, no tendría por qué ser la única consecuencia. Finalmente han sido lo que son en estos relatos porque tal vez todos estaban ya en mí sin yo saberlo y han aparecido a partir de la simple convocatoria a participar en una experiencia común de desolación.

De todos modos, tengo que admitir que probablemente estas historias no existirían si no me hubiera planteado su realización del modo que lo he hecho, permitiendo que todo fluya sin un esquema previo, que los personajes adquieran autonomía y los hechos evolucionen en direcciones inicialmente imprevistas. No sé si por condicionamiento profesional o por carácter, tengo una tendencia casi invencible a conceptualizar. Establecer relaciones causa- efecto, esquematizar, analizar y sacar conclusiones son para mí mecanismos muy familiares. Eso, que sin duda es muy conveniente e incluso imprescindible a la hora de elaborar un artículo periodístico, se revela como un obstáculo –al menos para mí- cuando se trata de implicarme en la construcción de una narración. Nunca hasta el momento en que me senté a escribir estos relatos lo había pensado, pero saber lo que va a pasar me paraliza, es todo lo contrario de una invitación a la escritura literaria. “Si ya me lo sé, ¿para qué lo voy a escribir”, sería la pregunta clave. Por supuesto, hay muchos más matices en esa negativa, pero el principal es ese.

No es estimulante la tarea de desarrollar un guión preexistente. El hecho de escribir debe ir acompañado, a mi entender, de cierto grado de disfrute, de placer, de aventura incluso. Y más aún, de juego en algún caso. De lo contrario la escritura se convierte en un oficio casi notarial, en tarea rutinaria y para mí frustrante. Con esto no estoy prejuzgando la función ni los resultados de quien, disciplinadamente, se someta a esa rutina, desde luego. Seguramente se puede construir obras estupendas con ese método, pero tengo serias dudas de que tal sistema pueda llegar a ser el mío.

Probablemente los proyectos de novela frustrados a los que me he referido antes, aparte del obstáculo que supone intentar escribirlos de modo simultáneo con la práctica de una profesión absorbente, se frustraron por abordarlos de un modo conceptual y calculado. La estrategia debería haber consistido justamente en la ausencia de estrategia. Un protagonista en su circunstancia personal y profesional y un punto de arranque o de inflexión en una biografía aún por definir es todo lo que hace falta para iniciar la aventura. Continuarla será facilitado por la afortunada circunstancia de que la historia se crea al mismo tiempo que se escribe, sin ningún pie forzado; que los personajes y sus realidades adquieren autonomía e imponen con frecuencia algo diferente de lo que se consideraba más probable al escribir la página anterior; que el autor se convierte al mismo tiempo en lector y disfruta grandemente en ambas situaciones.

Si tuviera que hacer el ejercicio imposible de distanciarme de mi papel como autor y hablar de este libro sólo como un lector que se dirige a otro lector, a la hora de explicar de qué trata en general el libro diría, quizás, que trata de personas corrientes, ni héroes ni antihéroes, forzadas o inducidas a reaccionar ante situaciones que rompen la linealidad de sus vidas; de su desasosiego ante la evidencia de la desolación; de su lucha por la felicidad. Añadiría que, pese a ese panorama general, hay aquí y allá cierto humor y algunas dosis de ternura.

Como autor seguramente no debería decir más de lo que ya he dicho, pero no puedo evitar hacerlo. He tratado de atraer y mantener la atención del lector mediante una variedad de recursos estilísticos y una preocupación constante por el ritmo, pero eso supongo que es lo que se espera de todo escritor. Si lo he logrado o no y hasta qué punto es algo que habrán de juzgar los lectores, intérpretes últimos del texto escrito. Yo no he buscado otra cosa que relatar con la mayor eficacia posible cinco historias que podrían sucedernos a cualquiera de nosotros, Sin sugerir siquiera una leve moraleja.

Pese a ello soy consciente de la diferencia que existe entre el desenfado, el juego y la metáfora simple del primer relato que escribí, “Amores reñidos”, concluido en 2006, y la gravedad de los restantes, terminados a lo largo del año pasado. Durante el tiempo que media entre esas fechas la tasa general de desolación se ha disparado como consecuencia de una crisis económica sin precedentes. Un sistema insostenible ha colapsado sobre nuestras cabezas y es el ciudadano medio quien paga las consecuencias de la codicia irresponsable de una minoría y de la inhibición cómplice de los gobiernos que dicen representarnos. Seguramente esa realidad ha condicionado en alguna medida, inevitablemente, el contenido y el tono de los cuatro relatos escritos en 2010.

Termino ya insistiendo en subrayar el placer inédito que ha supuesto para mí realizar este trabajo (entre comillas) y la satisfacción que me produce haber logrado abrir una puerta creativa que se me resistía a causa de mi exceso de precauciones, de mi disciplina conceptual. Ahora que se ha abierto no dejaré de traspasar su umbral con frecuencia.
A ustedes, muchas gracias por venir. Espero y deseo que disfruten leyendo el libro tanto como yo disfruté escribiéndolo.

En la foto, de izquierda a derecha, el presentador, Ramón Qu, el autor y el editor, Javier Fernández Rubio,

21.3.11

Ramón Qu presenta 'Un fracaso ineludible y otros relatos'

Lo cierto es que lo pasamos muy bien el sábado pasado en la Biblioteca Central, un espacio realmente privilegiado al que muchos accedimos por primera vez con ocasión de la presentación del libro. La causa fundamental de la diversión fue la 'actuación' de Ramón Qu, que hizo la presentación con un texto ameno y chispeante. Lamentablemente, no hay vídeo de la ocasión. Tendrá el lector que imaginar la entonación y los gestos del presentador. Podría jurar que nadie lamentó haber abandonado esa tarde la inercia del sofá y de la 'tele' sabatina. Sigue el texto:


Lo pueden tomar ustedes como ese chiste ineludible con el que se suelen comenzar estos actos; pero la verdad es que a mí esto de presentar un libro me recuerda un poco al oficio de celestina. En principio, no hay nada de malo en esta actividad, y hasta podríamos destacar su larga tradición literaria, sin embargo no puedo evitar la sospecha de que en ella late un fondo de desconfianza del alcahuete, en las habilidades expresivas de los alcahuetados. Opinión que si en el caso de ciertos amigos o amigas podríamos considerar correcta, es discutible cuando se trata de un libro, que es libro precisamente por su capacidad de darse a conocer por sí mismo, y más que discutible cuando se refiere a los lectores quienes, como su propio nombre indica, saben leer y, por lo tanto, están capacitados para enfrentarse al abordaje de cualquier libro que tenga la aviesa intención de capturar su atención para ser leído.

Porque de leer se trata; y no de leer en general, sino de leer en particular, es decir, de leer este libro titulado: “Un fracaso ineludible y otros relatos”. Y es el caso de que en él, como en todo libro, habita una voz. Pero ¡cuidado! esa voz no es la voz del autor, aquí presente mal que le pese, esa voz es la voz que el autor ha creado para contar. Parece lo mismo, pero no lo es; como, por ejemplo, no es igual la mano del pintor y la pincelada que traza... o la cara de atención que ustedes me ponen y la atención que en realidad me están prestando.

Permítanme ahora que fusile al prologuista, también aquí presente mal que les pese, y lea uno de sus abigarrados párrafos de crítica crítica de la crítica literaria crítica, referente a esa voz que habita en el cuerpo y alma de este libro. Dice así: “Es una voz narrativa eficaz, precisa y reflexiva. Una voz que trabaja más con acciones y diálogos, que con técnicas descriptivas. Una voz grave, austera, parsimoniosa en el uso de adjetivos, metáforas y demás figuras retóricas. Podríamos decir que es una voz más naturalista y analítica, que lírica y sintética. Sin embargo, hay en ella como un eco de tristeza que va poseyendo a nuestro lector...”

Pero alto, un momento, ¿lo han escuchado?, ¿se han dado cuenta?... Se lo repito: ¡Lector!, ¡nuestro lector! ¡Qué anhelado posesivo!, ¡qué escurridizo substantivo!, ¡qué Romeo y qué Julieta! Porque, díganme por favor, ¿hay algo más triste que un libro cerrado, solo, abandonado, acumulando tiempo y polvo, en una librería, estantería o biblioteca? No, no lo hay, sabemos que no lo hay, ¿cómo podría haberlo, sabiendo como sabemos, que todo libro es una voz que musita, dice o clama en busca de un oído que recree sus palabras?, ¿cómo podría haberlo sabiendo como sabemos que los amores reñidos...?

Pero no, no convirtamos este texto en un pretexto para escalar pendientes poéticas y precipitarnos por líricos excesos. Volvamos a lo que aquí nos ha traído y preguntémonos: ¿qué oído busca esta voz, a veces austera como una piedra, a veces amarga como ceniza?

Mis queridos amigos y amigas..., permítanme llamarles así, porque ahora quisiera que me acompañasen en un corto viaje por la imaginación y sus palabras. Hágase la noche, enciéndase la hoguera, descríbase un corro y en el soplo de la brisa y en la danza de las llamas trasladémonos a Yonville, una pequeña y ficticia ciudad de Normandía a mediados del siglo diecinueve...

Recién llegados a Yonville, el matrimonio Bovary está en la posada del pueblo. Charles Bovary habla con Homais, el farmacéutico; Emma Bovary con León, un joven pasante. Presentados por el farmacéutico, Emma y León charlan y se dan a conocer mutuamente. En ese momento, el farmacéutico interviene en la conversación de los dos jóvenes y recomienda a Emma la jardinería. Charles tercia entonces aclarando que su mujer no se ocupa de eso, que a pesar de tener recomendado el ejercicio prefiere quedarse en casa leyendo. Aquí León salta con entusiasmo y dice:

- Como yo: ¿y que mejor ocupación que permanecer al lado del fuego con un buen libro, mientras que el viento suena en la calle y azota los cristales del balcón?

- ¿No es verdad que sí? – exclamó Emma fijando en él sus grandes ojos muy abiertos.

- No se piensa en nada – continúa León – ; las horas pasan; paséase uno inmóvil por los países que cree ver, enlazándose el pensamiento con la ficción; se goza en los detalles, se prosigue el hilo de las aventuras, mézclase con los personajes; en una palabra,... parece que uno palpita bajo sus vestidos.

- ¡Es cierto! ¡Es cierto! – dijo ella – Detesto los héroes vulgares y los sentimientos normales como se dan en la naturaleza.

- Efectivamente – observó el pasante – esas obras no llegan al corazón; se apartan a mi modo de ver, del verdadero objeto del arte: ¡Es tan dulce, entre los desencantos de la vida, poder aproximarse con el pensamiento a los caracteres nobles, a las afecciones puras y a los cuadros de la dicha!”.

Sin duda, habrán ustedes captado que en esta apasionada escena el autor ha pretendido crearnos la expectativa de un próximo idilio entre Emma y León, al tiempo que nos ha descrito toda una teoría, que podríamos calificar de romántica, sobre la lectura. Y es precisamente a este cruce de intenciones al que queríamos llegar en nuestro breve viaje por la ficción literaria.

De modo que dejemos a Homais, el farmacéutico, discurseando al buen cornudo de Charles; dejemos también a Madame Bovary y a León lanzándose ardientes palabras y miradas, y vayamos hasta el mostrador de la posada, pidamos unas copas de Calvados y preguntémonos chasqueando de placer la lengua: ¿Son Emma y León los oídos que busca la voz de Un fracaso ineludible y otros relatos?

Pero no nos apresuremos en nuestra respuesta, contengamos nuestro primer impulso, no sea que una decisión precipitada frustre un posible y nunca desdeñable enlazar el pensamiento con la ficción, un mezclarse con los personajes y un palpitar bajo sus vestidos. Armados de paciencia – y si me permitís que os tutee – quisiera que me acompañaseis ahora en otro breve viaje.

Cojamos el vuelo de bajo coste de la fantasía, dejemos atrás Yonville y trasladémonos a Centroeuropa...

¡Ya hemos llegado!, ¡ya hemos aterrizado en la bella Praga!

Estamos sentados en la terraza de un café de una recoleta plaza de la ciudad vieja. Es de noche, y en el aire se deshilachan los alientos blanquecinos del cercano río; de vez en cuando se oyen pisadas con ecos de empedrado; de pronto, nos parece ver un rostro pálido de ojos grandes, negros y profundos rompiendo en sombra fugaz el cono de luz de una farola. Entonces, sacamos un libro y leemos:

“Si el libro que leemos no nos despierta, como un puño que nos golpeara en el cráneo, ¿para qué lo leemos? ¿Para que nos haga felices? ¡Dios mío! También seríamos felices si no tuviéramos libros y podríamos, si fuera necesario, escribir nosotros mismos los libros que nos hagan felices. Pero un libro debe ser como un pico de alpinista que rompa el mar helado que tenemos dentro”.

Sí, lo han adivinado: se trata de Kafka. Un joven Kafka que nos habla, también de forma apasionada, de un tipo de libro y de lectura muy diferente al preferido por Madame Bovary y León. Y también habrán adivinado en qué nueva pregunta se ha convertido aquella que. líneas atrás, dejamos en suspenso en Normandía. En efecto, ahora la pregunta rezaría así: ¿Es para oídos como los de Emma y los de León o, por el contrario, para oídos como los del joven Kafka, para los que narra la voz de 'Un fracaso ineludible y otros relatos'?

La respuesta debemos buscarla en la mirada que da aliento a esa voz. Porque detrás de toda voz hay una mirada. Porque detrás del tono, el timbre, la intensidad de toda voz narrativa está, como origen y fundamento de sus palabras, acentos y silencios, una forma de ver el mundo, de ver al otro, de verse a uno mismo. Y la mirada que habita en 'Un fracaso ineludible y otros relatos' nos habla de un mundo hostil y violento; de un “otro”, que si no el infierno, es el purgatorio; de un yo en permanente conflicto consigo mismo, atrapado por la impotencia y la melancolía, con una lacerante atrofia en su capacidad para expresar deseos y sentimientos. Sin embargo, en ciertos rincones de ese mundo hostil, en alguno de los condenados a ese purgatorio, en las grietas de esos individuos inadaptados, laten unas ansias de vivir que, aunque heridas por la desolación, me atrevería a decir que pugnan por mantener el débil pulso de algo parecido a la esperanza o al deseo de felicidad.

Ha llegado el momento de que dejemos Praga y volvamos, mal que nos pese, a este incomparable marco incomparable que incomparablemente nos enmarca. Y también ha llegado el momento de que termine y conteste de una vez a la postergada pregunta.

Creo que la voz de un 'Fracaso ineludible y otros relatos' no quiere renunciar, ni renuncia, al placer, el juego y la seducción que buscan Madame Bovary y León cuando leen un buen libro al lado del fuego, mientras el viento suena en la calle y azota los cristales del balcón. Sin embargo, a mi modo de ver, su aliento más íntimo, su acento más fuerte se dirige a quienes, como el joven Kafka, buscan un tipo de libro cuya lectura rompa el mar helado que todos llevamos dentro. Si me permitís que lo diga con una frase sentenciosa: hay literaturas que nos distraen de la realidad y otras que nos traen la realidad. Y considero que 'Un fracaso ineludible y otros relatos' se encuentra entre las que nos traen y nos atraen a la realidad.

Pero esto no es más que una opinión, es decir, el último rabo de lagartija y el último colmillo de serpiente que he echado a esta pócima, en la confianza de que en cuanto la bebáis, os poseerá el impulso ineludible de arrojaros en brazos de este libro y engolfaros con él en unas apasionadas veladas de amor... a la lectura.

Muchas gracias. 

En la foto, a la derecha, Javier Fernández Rubio, editor de 'El Desvelo', presenta el acto y a sus protagonistas. Ramón Qu es el priemero por la izquierda.. 

16.3.11

En la tertulia de Ramón Qu


Anoche, durante más de dos horas, me sometí al escrutinio de los miembros de la tertulia que dirige Ramón Qu, autor del prólogo de 'Un fracaso ineludible y otros relatos' y gestor, desde hace bastantes años, de un Taller de Escritura Creativa en Santander.

He de admitir que acudí con ciertas reservas, pero también movido por ese motor acuciante que es la curiosidad de escuchar por primera vez las opiniones, comentarios e interpretaciones de los lectores del libro, en este caso en número de quince. No son -lo sabía- lectores comunes, sino personas acostumbradas a leer con método, avezados/as analistas de los textos en todos sus aspectos.y sensibles buscadores/as de defectos y virtudes.

Dentro del sistema establecido en la tertulia, primero interviene lo que podríamos describir como un ponente, que realiza un pormenorizado análisis del texto y expone unas primeras conclusiones, a las que sigue un debate. Desde el momento en que concluyó su informe supe que toda ligereza quedaba excluída de ese debate, que en realidad fue bastante cortés, quizás a causa de la presencia del autor, pero no exento de cuestionamientos puntuales.

Escuchar y debatir sus argumentos fue una experiencia muy enriquecedora, impagable en realidad, pues me permitió conocer el punto de vista del lector, que es algo que, lógicamente, me interesa de modo muy especial. Aparentemente, según algunos de los contertulios, cierto grado de explicitud "innecesaria" en algunos aspectos demostraría que desconfío de la capacidad de los lectores -de una parte de ellos, al menos- para comprender lo implícito.

Creo que en realidad no existe tal desconfianza o prejuicio. Lo que sí tuve es un  propósito firme de facilitar la lectura y evitar que el tipo de lector que lee unas pocas páginas al día se pierda de un día para otro. Por eso, para ciertos lectores, tal vez caiga en ocasiones en la obviedad de la explicitud. El hecho de romper la linealidad del tiempo en varios de los relatos me hacía temer que el lector se frustrase e incluso se enfadase. Por eso, mi primera pregunta a quienes ya han leído el libro es invariablemente, "¿Has podido seguir bien la historia pese a las tansposiciones del tiempo, los 'flash back' y los 'flash forward'?". La respuesta ha sido siempre positiva, por lo que he tomado buena nota.

Tal vez la conclusión provisional a extraer sea que no se puede ni se debe intentar gustar a todo el mundo, aunque no soy consciente de haberme planteado ese propósito.

Por imperativo del tiempo debo poner fin a este post, pero no quiero hacerlo sin agradecer a todos los asistentes a la tertulia y especialmente a Ramón Qu, que organizó el encuentro, por su lectura atenta del libro y sus valiosas aportaciones. He tenido un auténtico privilegio y os estoy muy reconocido.

P. S.: Recuerdo a todos los interesados que este sábado, a las 7 de la tarde, en la Biblioteca Central, se celebrará la presentación oficial de 'Un fracaso ineludible y otros relatos' con la intervención de Javier Fernández Rubio, editor de 'El Desvelo', Ramón Qu, que se encargará de la presentación en sí, y yo, que haré algunas reflexiones y aclaraciones sobre la génesis y desarrollo del libro.